Las mujeres en la Cristiada y en el holocausto

Las mujeres en la Cristiada y en el holocausto

Recientemente, por distintos motivos han llegado a mis manos dos libros. Uno desde el Chaco, Argentina. Relata el testimonio de una mujer en los campos de concentración de los judíos. Se llama Irene. Reside en Resistencia. Es una brava mujer de noventa y tres años en plena lucidez que canta canciones en “idis” y vive feliz rodeada de su familia.

El otro, desde la ciudad eterna, Roma, de un sacerdote mexicano que trabaja en esa ciudad que ha querido compartir la hermosa intervención de las mujeres en la cristiada mexicana. Nos lo envía después de contarnos la actuación heroica de su abuela. El libro relata, de forma breve, concisa y precisa, la valentía y el arrojo de las mujeres durante la persecución religiosa en México, en los años de 1926 a 1929.

Ambos episodios se parecen en muchos aspectos: por la crueldad, por el horror, por la persecución, en el fondo por la ceguera del ser humano. Y en los dos casos sobresale la grandeza del ser humano, en este caso de las mujeres, que se manifiesta también en situaciones límite.cristiada

Ha habido en el siglo pasado, el siglo veinte, suficientes tragedias para romper la unidad. Actuaciones violentas, brutales, desalmadas, crueles….además de los dos citados, se pueden recordar las dos guerras mundiales, la guerra entre hermanos de España. En estos países donde ha habido tanto odio y despecho se ha regenerado el diálogo, ahora se vive en paz, en armonía, dentro de las excepciones que siempre hay y habrá, porque la violencia entre hermanos no ha tenido parón desde Caín y Abel.

En esa reconstrucción de la paz tiene mucho que ver la mujer. El varón es más dado a los golpes, al enfrentamiento, a exteriorizar la violencia. La mujer analiza hacia dentro, revive desde los sentimientos y la emoción los distintos acontecimientos y, al mismo tiempo, los rellena con su instinto maternal dándoles un sustrato femenino especial, complejo, único, pero que busca “casi” siempre la reconciliación. Digo “casi” siempre porque, tanto el varón como la mujer, son un misterio al que no se puede encerrar en esquemas preestablecidos, “cada cual” es “cada cual”, único, irrepetible, más allá de razas, sexo, cultura o religión.

Por eso considero que cuando hay una ruptura de la unidad, de la comunión es que el espíritu femenino de la mujer, esa especie de manto maternal que rodea el planeta tierra se ha roto de alguna forma. Por el contrario, si el espíritu femenino está vivo, toma el mando de la situación, —aunque sea desde la segunda fila, apareciendo poco en público, con discreción, como siempre lo hicieron las féminas—, la comunión y el orden se restablecen. La cohesión de la sociedad, de la cultura, la comunión familiar, depende en buena parte de la figura de la mujer.

Puede que, al tiempo que estás leyendo este artículo, estés pensando en varias heroínas anónimas, madres, hermanas, abuelas, nietas, sobrinas, hijas…de las que nunca se escribirán libros, pero que fueron, son, mujeres valientes que han restablecido la unión, la comunión en momentos difíciles. Como Irene reconstruyendo su vida después del holocausto o como las mujeres mexicanas en la cristiada.

Gumersindo Meiriño Fernández

Puedes escuchar enl artículo en audio haciendo clik  en la flecha:

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Padre malo, padre bueno I

rio.gumer.meirinoPadre malo, padre bueno I

Todavía lo estoy viendo en un negocio de Galicia. Un amigo en común me lo presenta y comenta: —“Es Ambrosio, el hijo mayor de Lucilo”.

El amigo en común sabe que tengo cierto trato con Lucilo. Le digo a Ambrosio.—“Tu papá es muy buena persona”.

Durante unos minutos no contesta solo escucha. Luego me cuenta su historia.—“Me fui de casa. Me cansé. Tengo veintiún años. Me arreglo solo, ya no vivo más con mis padres. Ellos me lo reprochan pero no aguantaba más. Estudio y trabajo. Usted dice que mi padre es bueno. Ya lo he escuchado de otras personas pero no sé si será tan así. Yo me he ido de mi casa porque a mis padres no le importamos, solo se preocupan por ellos mismos y por sus cosas”.

—“¿Te pega? ¿Te castiga? ¿Es muy exigente?”, pregunto asombrado.

—“No, nunca me ha tocado un pelo. Siempre nos ha dado lo que quisimos. Mi hermano tiene una moto impresionante. A mí, nada más cumplir los dieciocho años, me compró un auto nuevo. Nunca nos pegó. Pero mi otro hermano tiene catorce años, llega borracho a la madrugada, nadie le presta atención. Mi padre y mi madre duermen. Trae chicas a casa. Ni se enteran. No saben a la hora qué llegan sus hijos, ni cómo. Son padres ausentes. Me cansé de esta situación y me fui de casa. Vivo mucho más tranquilo”.

Al terminar la conversión caminaba por la cuesta que me llevaba a mi hogar pensando, ¿cómo es el padre bueno y el padre malo?, ¿quién es el mal padre y el buen padre?

Recibí, años más tarde, a una niña de doce años. Venía con su mamá. —“Padre, le traigo a mi hija que quiere hablar con usted”. La jovencita se sienta y comenta:—“Mi padre es muy malo. Me exige, me pone en penitencia, me corrige y, en ocasiones, me grita…”

Mientras llora aprovecho para preguntarle: —¿Te castiga?

—“Sí, me responde, muchas veces me ha castigado…”, no puede seguir con el diálogo porque llora amargamente.

Más tarde conversé con los papás. Una pareja normal que tenía dos hijos. La de doce años y uno de cuatro. El padre era bueno con ellos, les daba cariño pero era exigente sobre todo con la mayor. Le reclamaba las tareas de cada día, que ayudara a la mamá, que cuidara al hermano pequeño …. Todo normal, sin embargo, para la hija el padre era malo.

Es mal padre, el “padre bueno” que deja a la deriva a sus hijos. Es buen padre, el “padre malo” que pone los límites adecuados, que exige, que se esfuerza por marcarles el rumbo con firmeza, con cariño, con fuerza.

Gumersindo Meiriño

Para leer este mismo artículo y escuchar el Programa Semanal, De Oriente a Occidente puede hacerlo en este enlace: http://www.radiocataratas.com/noticia_21007.htm

O si prefieres puedes escuchar Programa Semanal, De Oriente a Occidente, haciendo clik en la siguiente flecha:

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¡Soy Islam!

¡Soy Islam!

Tengo grabada con fuego la primera vez que escuché la voz de Emilio Galindo y sobre todo, la frase que citó en varias ocasiones ese día: “el Islam me convirtió al cristianismo”.

El profesor que me explicaba las matemáticas de la secundaria repetía insistentemente la misma frase: “la ignorancia es muy atrevida”. Cuando el P. Emilio decía que el Islam le había convertido al cristianismo insistía una y otra vez que muchos hablan de esta religión sin conocimiento, con mucha ignorancia, que la juzgan y no tienen idea de lo que dicen. “Como el Islam es una gran religión que profesan miles de millones de personas, comentaba Galindo, me comprometí a estudiar la realidad del Islam para cuando saliese el tema hablar con conocimiento de causa; es así que, “me convertí” al Islam”.

Como escribía un autor árabe: “El verdadero musulmán, habiendo renunciado a todo asidero doctrinal y a  todo dogmatismo está constantemente aprendiendo a caminar sobre el Abismo y a poner completamente su confianza en el Señor de los mundos, Aquel que lo sustenta todo y que es el entramado mismo de la Realidad… Mi religión en el caso que el dhin (camino) lo sea, sería definible únicamente como sometimiento a Dios y a lo que de Él me llega a través de sus signos y esos signos están en todo lo creado”.

Desde este punto de vista, se entiende al musulmán, tal y como lo manifiesta la misma definición de la palabra “islam”, como el “sometido a Dios, a Alá”. Y estos son los verdaderos cristianos, los verdaderos hindúes, musulmanes o budistas, los que son capaces de vivir de acuerdo a lo que Dios les dicta, amando a los seres humanos y respetando a los demás como hermanos, por encima de dogmas, leyes o presiones de cualquier tipo. En ese sentido el musulmán es un ser libre, al que no se pueden poner los grilletes del miedo o la pusilanimidad.

Por ello no es extraño que de esa raíz del Islam hayan salido personas como Rumi, como Ibn Arabi …, y otros muchos “santos musulmanes” que lucharon contra corriente dentro de su religión porque no eran  comprendidos, no se sometían a hombres y leyes de hombres sino solo a Dios.

En este sentido yo “me convierto en musulmán” porque sin dejar de ser cristiano mi máxima aspiración es poner toda mi vida a disposición de Dios. Desde esa postura es fácil decir que no existe blanco o negro, musulmán, hindú, budista, cristiano o ateo. Solo existe una raza, la de los “Islam”, la de lo sometidos a Dios, la de los hijos de Dios, todos hermanos en un mismo Padre, llamado Dios o Alá …, porque a Dios no se le puede encerrar en un nombre ni en unas ideas.

Como cristiano oro con las palabras de Jesús, “hágase tu voluntad en la tierra como en los cielos“, en ese sentido, también soy un sometido a Dios, también soy “Islam”.

Gumersindo Meiriño

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El Velo islámico o hiyad

¿A quién molesta el velo?

Ha vuelto a las primeras páginas de todos los medios de comunicación, una estudiante islámica y el velo. ¿Es lícito que las alumnas musulmanas lleven o no lleven el velo a las clases de los colegios?

En Occidente tan dados a la libertad y a la democracia en ocasiones parecen un tanto hipócritas. Por una parte hablan de libertad y respeto pero por otra nos encanta prohibir.

¿A quién molesta que lleven el velo?

En todo caso prohíban la entrada en los colegios a los niños y niñas que con ropa de Addidas, zapatillas de nike, o reebock (por cierto, ropas cosidas por niñas pobres, algunas de ellas con velo, a las que pagan sueldos paupérrimos)…., esas sí que discriminan a los pobres de los ricos, de los que viven para aparentar y dejan en ridículo a los niños cuyos padres o no tienen dinero o tienen sentido común y no se gastan los euros en marcas.

Pero las niñas que llevan el velo, ¿a quién molestan?

Gumersindo Meiriño

https://lasopaconcuchara.wordpress.com/