El ciprés del Padre Isorna

 

El ciprés del P. Isorna

Hace unos meses me decía sonriendo, hay personas que tienen el don de caer bien, de resultar agradables a los demás… pues ahora, querido Padre Isorna, quiero añadirle algunos dones más. Valga como ejemplo el de sorprenderme cada vez que hablamos y el de no recordar ni un solo encuentro o conversación en el que no haya quedado en mi alma alguna perlita de agua fresca.

Hace unos días conversamos vía telefónica y recordamos el ciprés de Cordeiro que está en el cementerio de su querido pueblo y que su papá plantó al lado del panteón familiar. Y, en seguida, con voz bastante juvenil, me recordó que su cuerpo está muy achacoso, pero, a mi edad, casi noventa años, dijo, solo faltan unos días para llegar a esa fecha, si no tuviera algún achaque sería mucho peor porque significaría que ya no estaría vivo. Por eso no me quejo, le doy gracias a Dios. Eso sí tengo que tener cuidado al subir las escaleras y ahora me acompaña constantemente el bastón.

Y a propósito del ciprés, me dijo con el humor de siempre, gallego y educado, él sigue esperando. Cuando vengas te voy a dar la poesía sobre ese ciprés. Dice algo así. Y empezó un recitado con voz firme, segura y juvenil. Durante varios minutos escuché al otro lado del teléfono, con atención, maravillado. La voz eufónica, como la calificaron algunos, y profunda del Padre resonaba firme y segura en el hilo telefónico llamando al ciprés maestro que crece alegre alimentado por los restos de mis antepasados…,

Hoy, cumple los noventa. Y, en fecha tan señalada, me dirijo al ciprés, con respeto y le digo:

Querido ciprés apuntas al cielo pero tienes las raíces profundamente arraigadas en la tierra. Allá hacia donde señalas, al cielo, hay paz, alegría, felicidad sin fin. Acá, en la tierra, donde tus raíces se alimentan, pisamos el barro de la alegría entremezclada con luchas, esfuerzos y fatigas pero con la clara esperanza de que seguimos caminando hacia arriba, hacia lo más alto de la plenitud humana, el Amor.

En ese camino hacia la cumbre más alta nos dan aliento personas como el P. Isorna que nunca pierden la paz, la calma, la alegría, los buenos modales, la entereza, la grandeza, a pesar de que con los años su cuerpo se haga pequeño y débil, pero no su espíritu que es siempre joven y despierto. La caballerosidad y el espíritu franciscano que lleva en la sangre no han perdido ni un ápice de su vitalidad.

Contigo entono desde la tierra un canto agradecido al cielo en honor de la juventud y el brío del P. Isorna que cumple hoy noventa años y los vive al ritmo de la ilusión y alegría de siempre.

¡Feliz cumpleaños! Y, como dice usted, ¡el ciprés puede esperar!

Gumersindo Meiriño
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