Conoce a un sabio

Conoce a un sabio

A veces se escuchan comentarios de este tipo: “Tal persona es un sabio”. Al preguntar el motivo la respuesta es, “sabe mucho de medicina” “es un experto único en informática” “es un lince en astronomía”, “se sabe todo sobre ecumenismo”…

A nivel popular se entiende así la sabiduría. Si queremos, sin embargo, matizar y precisar diríamos que estas personas no son sabios, si no “personas instruidas”, “muy informadas” porque el sabio, la verdadera sabiduría es otras cosa.

Dice un adagio antiquísimo “El que ama la sabiduría, ama la vida, y los que la buscan ardientemente serán colmados de gozo”

Una persona muy instruida en un tema puede, al mismo tiempo, ser infeliz, estar amargado, desolado, ser chismoso…, entonces no es sabio. El sabio “sabe” de la vida, ama la vida, es feliz. Aunque no posea muchos conocimientos, ni medios materiales, ni títulos, ni dinero, ni haya ido nunca a la Universidad …

He conocido a personas sabias, con pocas letras y persona necias con muchos conocimientos intelectuales. Por supuesto, también he tratado con personas sabias que han estudiado y se han hecho más sabias y otras que gracias a los conocimientos han ido despertando a la sabiduría y a la vida.

El sabio conoce lo necesario para ser feliz, para cumplir la misión que Dios le ha dado en este mundo y no se complica con llenar la mente de ideas y conocimientos, ni se ocupa de rellenar el currículo de títulos fatuos que le abran las puertas de un empleo más pagado.

Recuerda este dicho:

 

“El que no sabe y no sabe que no sabe es tonto. Huye de él.

El que no sabe y sabe que no sabe es humilde, Instrúyele.

El que sabe y no sabe que sabe está dormido. Despiértale.

El que sabe y sabe que sabe es un maestro. Síguele”.

 

La sabiduría es un don de Dios que crece, conociendo a otras personas, estudiando, viajando, dialogando, leyendo,…, pero sobre todo amando. La persona que ama sabe. Dios le da sabiduría porque Dios es Amor. La verdadera sabiduría la que hace pleno y feliz al ser humano es el Amor. No en vano Pablo de Tarso dijo hace más de dos mil años: “la ciencia envanece, el amor edifica”.

Si tratas con una persona que ama lo que hace y respira amor por todos sus poros no te alejes de él, disfruta de su compañía, has conocido a un sabio.

 

Gumersindo Meiriño

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Cambiar el mundo

Cambiar el mundo

Se llama Tiberio. Tiene veintiún años y me mira como si fuera un sabio que recién sale de su cascarón eufórico. Me pide opinión sobre un tema. Relata con aire grandilocuente su vida, sus dudas. Cuanto intento responder no me deja terminar y me comenta algo de que, a pesar de su juventud, ha vivido muchas experiencias y ha recorrido el mundo… Como no logro que escuche le pregunto por los países que ha visitado a lo que contesta inmediatamente, Chile, Bolivia y Argentina. Tiberio habla y habla. Apenas logro encadenar cuatro frases seguidas que vuelve a interrumpirme. Entonces le pido una tregua.

“Mira no sé en qué puedo ayudarte, pero, ¿tú me puedes ayudar a mí? Tiberio responde: “Síiiiiiii, por suspuesto… Agarro una hoja de mi anotador y se la doy en la mano diciendo: Lee este pasaje, escribe tu opinión y regresa en media hora para que sigamos conversando. El joven toma la hoja y gira dando media vuelta, bien erguido.

De joven yo era un revolucionario y mi oración consistía en decir a Dios: “Señor, dame fuerzas para cambiar el mundo”. A medida que fui haciéndome adulto y caí en la cuenta de que me había pasado media vida sin haber logrado cambiar a una sola persona, cambié mi oración y comencé a decir: “Señor, dame la gracia de transformar a cuantos entran en contacto conmigo. Aunque sólo sea a mi familia y a mis amigos. Con eso me doy por satisfecho”.

Ahora, que soy un viejo y tengo los días contados, he empezado a comprender lo estúpido

que he sido. Mi única oración es la siguiente: “Señor, dame la gracia de cambiarme a mí mismo”.

Si yo hubiera orado de este modo desde el principio, no habría malgastado mi vida”.

Tiberio regresa presuroso a los diez minutos. Ya traigo las conclusiones.  Le contesto: “Te dije media hora porque yo también tengo que hacer una labor que me llevaba ese tiempo. Por favor, ahora necesito otra media hora. Vuelve a leer el párrafo, haz un nuevo comentario y regresa dentro de ese tiempo, porque ahora estoy ocupado. Con cara de poco agrado giró de nuevo sobre sus talones y se fue. A la media hora leo algunas de sus anotaciones.

A partir de hoy voy a escuchar cuando hablo con otra persona. A partir de hoy no me va a ganar la ansiedad y el egocentrismo. A partir de hoy voy a intentar cambiar a una sola persona, a mí mismo…, voy a cambiar el mundo empezando por mí.


Gumersindo Meiriño
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La diferencia entre el hombre común y el sabio

La diferencia entre un ser humano común y el hombre sabio

Dice el refrán que el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra. Y puede que tenga razón. Ahora bien, a mí entender hay una gran diferencia entre el hombre común y el hombre sabio. La diferencia radica en que el hombre sabio no tropieza dos veces con la misma piedra.

Deduzco esta idea del correo que he recibido de mi amigo Anselmo que es muy didáctico en el que me cuenta lo siguiente:

Ayer a la noche me he pasado de la raya en la cena y por no vigilar el copioso asado que me sirvieron en la Rioja, he pasado una noche dura con la sensación de que el estómago era un peso infinito y contando ovejitas. Me parece que abusamos un poco de la cena

Amigo Anselmo, ya lo dice el refrán, cenar como mendigo.

Ahí está la diferencia, elegir entre pasar una buena noche o arriesgarse estar varias horas contando ovejitas, depende, en bastantes ocasiones, de la cena.

En otra ocasión, Antonio nos cuenta su relación con un enemigo íntimo. Me he pasado la vida con fuertes dolores y malestares, sin saber el motivo, hasta que en una consulta rutinaria lo descubrí, soy alérgico a los productos lácteos, mi enemigo era la leche.

Desde que descubrió que era alérgico a este alimento todo cambió, pero ahora he de cuidarme  y tener en cuenta que la comida no lleve nada de lácteos para poder disfrutar de cierto bienestar. Eso me da cierta tranquilidad porque sé dónde se encuentra mi enemigo.

Es que el ser humano inteligente es el que descubre lo que le daña y lo pone en su lista negra para tenerlo lo más lejos posible.

Amigo Anselmo, ya lo dice el refrán  el que se quema con leche, lejos quiere ver la vaca.

Más adelante Anselmo  relata: Hace unos meses decidí apartarme del televisor, porque tenía la sensación de que me iba a dormir con pensamientos negativos o que esos mismos pensamientos oscuros me acompañaban durante el día y no me  hacía bien, mi mente estaba constantemente perturbada. Dejé de lado el aparato de televisión  y, mi vida cambió, ahora tengo más tiempo para otras cosas: leer, conversar, atender a mi familia. Y tengo más paz.

Amigo Anselmo, alguien ha dicho que la televisión es el único somnífero que se toma por los ojos

Conclusión si el hombre común es el animal que tropieza dos veces en la misma piedra, el hombre sabio es el que aprende de su primer tropiezo y no lo repite. Es la diferencia entre un ser humano común y el hombre sabio.

Gumersindo Meiriño

¡Año Nuevo, lo que tú decidas!


¡Año Nuevo, lo que tú decidas!

El año nuevo trae cosas nuevas. Dice la sabiduría popular, “Año nuevo, vida nueva”.  Y, al mismo tiempo lo de siempre, balance d, revisión de vida, el planteamiento de existencial, la misma pareja, el mismo jefe, la misma casa…

Cuando era adolescente me convocaron a un retiro espiritual para despedir el año. Rodeado de las vides marchitas que se esconden en el invierno con la esperanza de renacer en primavera y dar fruto en el otoño, Alejandro nos dirigió una meditación cuya idea central era cómo despedir el año como cristianos. Nos recordó aquello que le gustaba a Escrivá y que repetía constantemente en sus escritos y charlas: “Año Nuevo, lucha nueva”. Y es lo único que recuerdo porque además era la idea que cada año nos decían en el Seminario cuando se acercaba la mítica fecha del treinta y uno de diciembre y que me parece fantástica para recrear en la mente ahora que el primer decenio del nuevo milenio se ha ido.

“Año nuevo, lucha nueva”. En realidad, por mucho que los medios de comunicación social se empeñen, el día uno de enero será muy similar o igual al veinte de diciembre y al dieciocho de enero de dos mil once. “No hay nada nuevo bajo el sol”, dice el refrán popular. Al que le dolía la muela, le seguirá molestando, seguirá el mismo jefe, la misma cama, la misma familia, el mismo sol, la misma luna, el mismo vecino…., pocas cosas cambiarán, o quizás muchas, pero eso depende de ti.

Lo de afuera no cambiará en gran medida, pero lo que realmente importa, lo que llevas en tu corazón si puede ser transformado. ¡Sí puedes cambiar tu forma de vida! Puedes sonreír cada mañana a tu vecino y saludarlo, salir de tu casa con alegría y entusiasmo, trabajar con ilusión y optimismo. Regresar a tu hogar con una mirada de cariño, apagar la televisión y conversar con tus hijos, ayudarle a terminar las tareas de la escuela, salir de paseo con ellos, dialogar con tu pareja, llamar por teléfono a tus papás, a aquel amigo enfermo que hace tiempo que no ves, …

Hace unos años visité la casa de un enfermo de edad avanzada que vivía en la soledad. Estaba sucia, abandonada, las paredes descoloridas, el olor a humedad y cerrado era intenso. Más tarde la casa fue vendida. Los nuevos dueños me pidieron que la bendijera. Era la misma pero parecía otra, las paredes pintadas, cada cosa en su sitio, flores y plantas naturales, olor a perfume y a limpio, iluminada, acogedora.

Para este año nuevo NO esperes que te cambien de casa, de ciudad, de familia, de trabajo, de jefe, de profesor, de pareja… Durante este año NO te no te emborraches, NO te drogues, NO grites, NO odies, NO te vengues, NO sufras, NO busques milagros, NO tires el tiempo inútilmente, NO maldigas …

Este el Año que que tienes en tus manos, que está delante de ti,  haz propósito concreto de darle una nueva pintura, de airearlo, de llenarlo de ilusión, entusiasmo, alegría, honradez, bendícelo… Este año será lo que tú decidas. Feliz 2011.

Gumersindo Meiriño

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Navidad, el hogar de Dios

Navidad, el hogar de Dios

Cuando llega la Navidad el universo conspira buscando un ambiente de paz, de alegría, de amor…, y por qué no decirlo de cierta añoranza. Un tiempo de magia, distinto al resto del año, donde los sueños parecen posibles, los niños se convierten en protagonistas, y los buscadores reafirman su esperanza.

Todo ello porque Dios acampó entre nosotros. Dios caminó en esta tierra. El mundo es la casa de Dios. Millones de ojos se vuelven a Belén, a la ciudad donde nació Jesús, paradójicamente rodeada de tensiones, guerras e injusticias,

Con la imaginación recorren el pequeño portal que recuerda que Dios es del Cielo pero también de aquí, de nuestra tierra. El mundo en el que vivimos dejó de ser una superficie en la que nos movemos mirándonos de reojo para convertirse en un lugar sagrado en el que descubrimos al mismo Dios como compañero de viaje. El mundo, desde entonces, por si nos quedaba alguna duda, es la casa de Dios. Esto quiere decir que cada vez que violentamos la naturaleza, o cada vez que la respetamos lo estamos haciendo con el mismo Dios.

Y además se hizo totalmente humano. Vive en el mundo y lo hace con nuestra misma carne, entró en un cuerpo mortal, nació de una mujer como tú y como yo. El verdadero templo en el que vive es el cuerpo de cada persona. Ya no son necesarios los edificios, las iglesias, las mezquitas, las kaabas, …, porque en muchas ocasiones se construyen sobre la codicia, la envidia, el poder …, el verdadero lugar de residencia es el cuerpo del ser humano. Allá donde camina una persona, camina el mismo Dios. Todos llevamos su semilla.

Algunos piensan que son mejores cuando van a misa, a la mezquita, al culto o los que escuchan más sermones y dan una limosna de lo que les sobra a los pobres. Y los que no lo hacen están lejos de Dios. Pues resulta que la Navidad nos asegura que el lugar de encuentro con Cristo, el totalmente Dios y totalmente hombre, es el corazón de cada persona. El comportamiento con el prójimo define tu camino hacia Dios. Conocerlo es descubrirlo en el que está al lado y tratarlo como hermano.

El mismo Jesús lo confirma en el Evangelio de Mateo: ¿Cuándo te vimos enfermo o preso, y fuimos a verte?” Y el Rey les responderá: “Les aseguro que cada vez que lo hicisteis con el más pequeño de mis hermanos, lo hicisteis conmigo”. O sea, que la misa no vale si niegas un mendrugo de pan al hambriento, si no das consuelo al abatido; las oraciones tampoco si no van acompañadas de obras concretas de misericordia con los demás. No se puede ser de Dios sin respetar al ser humano ni se puede ser humano sin respetar a Dios en el otro, en el que está a tu lado. El camino hacia Dios es el camino hacia lo humano.

En estas fechas no olvides que Dios nació de mujer, como tú y como yo, que tu cuerpo y el del que está a tu lado es el ambiente propicio para que vuelva a hacerlo, es la Navidad, el hogar de Dios.

Gumersindo Meiriño

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El sabio aprende

El sabio, aprende

Hace unos años, cuando era un sacerdote joven, apareció en el despacho de la parroquia una señora de mediana edad, muy tensa y preocupada. Pidió para hablar conmigo y me relató la situación en la que estaba. Para ella era un momento delicado de su vida y no sabía cuál camino tomar y quería que le ayudase a tomar la decisión adecuada. Mientras hablábamos no paraba de resaltar su preocupación y su malestar. Después de un rato se fue más tranquila pero no muy segura de sí misma y de cómo salir de tal situación.

Al cabo de un mes o mes y medio la encontré en la calle. No me faltó tiempo para saludarla e inmediatamente le pregunté cómo estaba. Me miró con cara de sorpresa y me dijo: “Muy bien”. Entonces cómo no había nadie alrededor me atreví a indagar “¿cómo te fue con tu problema?” Ahora su rostro se convirtió en total estupor ante tal pregunta. Yo empecé a dudar si sería la misma señora, si no me había equivocado de persona. Entonces dije “pero usted, ¿no es la que estaba en tal conflicto y no sabía qué hacer?” …. Entonces respondió: “Ah, Padre, eso. Sí fue todo bien …, ya no me acordaba” …Le dije: “Me alegro que te haya ido bien” y nos despedimos.

Seguí el corto recorrido que me quedaba hasta la parroquia, pausadamente, tranquilo, analizando lo que me acababan de contestar y la sabiduría que encerraban las palabras de aquella buena mujer.

Con el paso del tiempo esta situación se ha repetido decenas de veces de forma similar. Grandes problemas, preocupaciones extremas, situaciones delicadas, congojas, angustias …, altamente nocivas en el presente se convertían en pocos días en acontecimientos de un pasado casi olvidado.

Por eso es bueno analizar con tranquilidad cuántas veces tú y yo hemos pasado por situaciones parecidas. En ese momento es como que el mundo se cae a nuestros pies y cuando se solucionan a veces bien, y otras no tanto, los olvidamos. Aprender de lo vivido es de sabios, repetir la historia que nos amarga una y otra vez es de ignorantes. El ignorante no es el que no sabe matemáticas o no saca las materias de estudio adelante. Ignorante es el que no analiza y no asimila lo que vive para sacar las consecuencias oportunas y desconoce cómo salir adelante en los problemas que se le repiten una y otra vez. Así gira una y otra vez sobre sí mismo como una noria sin respuestas concretas. Suelen decirse a sí mismos, “estoy gafado, todo me sale mal”, cuando en realidad es que no aprenden. El refranero popular dice que el ser humano es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra.

No te agobies por el obstáculo que se te presenta hoy. Más bien, dale gracias a Dios y a la vida, porque te da una oportunidad para crecer, para aprender. No reniegues, no te desesperes …, simplemente aprende porque en poco tiempo se irá, lo habrás olvidado. Si algún día regresa saldrás airoso.

El ignorante primero se agobia y se obnubila, luego repite la historia y tropieza de nuevo con la misma piedra; el sabio aprende.

Gumersindo Meiriño

Paciencia y alegría

Paciencia y alegría

La madre espera  la llegada de su hijo al mundo. Hace unos años mientras su pancita iba creciendo poco a poco la mamá cosía, tejía, la ropa del futuro bebé. El papá construía con sus manos la cuna en la que descansaría los primeros años de su estancia en este pequeño mundo. Actualmente, los dos juntos o cada uno por su lado, recorren , con enorme paciencia,  las decenas de locales de las grandes plataformas comerciales en busca de los mejores precios para comprarle ropita  al ser humano que se prepara para aterrizar en el planeta tierra.

Cuando nace, el bebé espera que su madre le acerque el pecho o el biberón. Cuando crece, piensa en su próxima etapa escolar. Luego observa  a los compañeros del curso superior y le gustaría tener más años para ser como ellos. En la pre adolescencia , las niñas esperan que les salga el pecho, los niños la barba, luego ambos, quieren que pase el tiempo pronto para poder sacar el carnet de conducir, ir a la universidad, encontrar su primer trabajo, encontrar el amor de su vida.

Luego esperan tener un trabajo estable, encontrar a la persona adecuada para formar una familia, tener hijos. Y vuelve la rueda del molino a empezar, esperan que nazca su hijo…, Cuando se hace mayor, espera tener una buena jubilación, salud, hasta que, los más ancianos, esperan a que les llegue el momento de tomar el camino de la eternidad.

Para todo ello es necesaria la paciencia. A lo largo de la vida la ejercitamos con mucha frecuencia. No nos queda  más remedio. El refrán popular dice: “El que espera desespera”. Tiene parte de razón porque la paciencia, la sola paciencia, si se ejercita sola es coja, renga y con un pie solo se camina mal y uno termina desesperado. Pero, ¿con quién podríamos acompañar la paciencia?

Las virtudes, como los apóstoles de Jesús, deben ir, al menos , de dos en dos.

Hablo con el padre Isorna, que tiene ochenta y nueve años, le pregunto cómo está. El me cuenta que está bien  para su edad pero que le duele mucho la espalda y que muchas veces apenas puede caminar “pero que no me quejo  porque ejercito la paciencia y  la alegría, comenta, porque las virtudes nunca va una sola si no que van acompañadas por otra. Paciencia y alegría”.

Pues bien, ya tenemos la compañera de la paciencia. Se trata de la alegría, Cuando uno espera  y lo hace con alegría convierte lo que podría ser algo pesado e ingrato en algo constructivo.

Cuando uno hace trámites burocráticos tiene que esperar en ocasiones horas a que te den un turno, a que te firmen un papel, es recomendable llevarse un buen libro debajo del brazo, o un papel y lápiz o el rosario en la mano diciendo algunas jaculatorias o mantras como dicen los orientales o como los varones griegos que para relajarse juegan con una especie de rosario en la mano por horas enteras.

La paciencia forma parte de nuestra vida. No la dejes sola, dale una buena compañera, la alegría. Paciencia y Alegría.

Gumersindo Meiriño

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