“En los zapatos del otro”

Camila, en lugar del otro

Hablamos. Mi interlocutor, en esta ocasión, es un sacerdote mayor, sabio de cultura y de experiencia, con más de ochenta años y con trabajos en varios países del mundo. Me cuenta que a veces tenemos “lengua de lata”. Que a muchos sacerdotes y predicadores les pasa eso tienen “lengua de lata”, mucho y bien dicen y hablan, pero luego “hacen agua”. Cuando tienen que llevar a la praxis, a la hora de llevarlo a lo concreto hacen todo lo contrario. Nada más sacarse la “ropa litúrgica” “desdicen” con sus hechos, duplicado, lo que acaban visita.al.cielo.9.diasde desenmascarar con su bello discurso. Y estábamos de acuerdo los dos que es una especie de “endemia sacerdotal”.

─Es fácil mover la lengua de lata, lo que es más difícil es mover la lengua con el fuego del corazón, el amor─ me comentaba

─¿Cómo se consigue eso?─le pregunto.

─Tú, ya lo sabes igual que yo. Hay muchos caminos pero es muy importante “ponerse en los zapatos del otro”.

Me llamó mucho la atención este viejo refrán, porque aunque era conocido para mí, en seguida me trajo a la memoria otra conversación tenida el día anterior con un padre de familia. El mismo papá que le había dicho a su hija de diecinueve años que si quería independizarse no había problema, que lo entendía y la apoyaba, pero era una independencia, no una “semiindependencia”.

Decía este padre: ─Cada hijo es diferente─ Y luego de hacer una breve descripción de cada uno de sus hijos terminó diciendo: ─La más pequeña es parecida a mí y tiene un don particular, ella es muy solidaria, siempre está pendiente del otro. Sabe ponerse en lugar del otro.

Sabio consejo que podías traducir de esta forma: “no hagas a los demás, lo que no quieres que te hagan a ti”.

El chismerío, el hablar de otros o exigir a los demás lo que nos somos capaces de hacer nosotros, si no se corrobora con actos “acartona” el alma.

Cuando nos relacionamos con los demás, sobran, en muchas ocasiones las palabras almidonadas y edulcoradas, es necesario como Camila, ponerse en lugar del otro.

Gumersindo Meiriño Fernández

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