El misterio de los salmos

Salmo 18 (17)

El misterio de los Salmos

Por motivos de la  labor que desarrollo trato con  muchas personas que buscan descanso a sus almas y a sus cuerpos. Recientemente he redescubierto un instrumento que ha resultado muy eficaz. Después de muchos años como seminarista y luego ejerciendo mi sacerdocio orando con los salmos, luego de haber leído cantidad de comentarios e interpretaciones de todo tipo pensaba que ya estaba todo dicho sobre los salmos.  Pero la experiencia me ha confirmado que estas canciones antiguas encierran algo misterioso que les hacen eficaces a la hora de dar consuelo a los cuerpos y almas fatigados.

En cierta ocasión Lucilo, un buen hombre atormentado, se sentía cercado por una serie de problemas que le habían llevado a la depresión. Primero fue una profunda crisis familiar. Se había ido separando de su esposa y se había alejado de su casa, de sus hijos. Es una familia numerosa. Este cambio influyó en su vida laboral. El que antes era un exitoso profesional empezó a ser un fracaso continuo llegando al borde de la ruina. Y ahí fue cuando empezó a buscar ayuda en lo espiritual. El primer paso fue acudir a San Expedito, un santo al que había rezado de pequeñito. El abuelo solía llevarle a una pequeña ermita que había a las afueras de la ciudad dedicada al santo. Como ya no sabía a dónde acudir, recordando los consejos de su abuelo, visitaba todos los días la ermita y pasaba un tiempo hablando con el santo. “Era el único lugar donde podía estar sentado unos minutos sin que me entraran ganas enormes de levantarme, de llorar  y salir corriendo” comentaba. Como era católico, alguna que otra vez empezó a ir a Misa e incluso, contaba el mismo “me confesé a pesar de la vergüenza que me daba, después de muchos años. Mejoré un poco, pero los negocios seguían mal, la relación con mi esposa cada vez peor y mis hijos a los que adoraba, me rechazaban. Me da vergüenza decirlo pero más de una vez pensé que la salida era dejar este mundo. Pero entonces pensaba en mis hijos y esa idea desaparecía.

Mi vida cambió cuando empecé a rezar los salmos. Al principio no entendía nada, los rezaba y pensaba, ¡vaya palabras raras!,  ¡no podían utilizar un lenguaje más sencillo! ¡Esto no hay quién lo entienda!  Repetir esto, ¿ para qué? Pero me dejaban una sensación de paz.  Me calmaba recitar aquellos versos extraños. Lo hacía, como me habían recomendado, despacio e incluso si podía, en voz alta, saboreando. El salmo con el que empecé a encontrar una conexión especial fue el diecisiete, bueno algunos lo numeran con el dieciocho no sé el motivo, que empieza así: “yo te amo, Señor, tu eres mi fortaleza”.

Una mañana apareció  en mi despacho una de las personas a las que debía dinero con aires de violencia y sin darme cuenta, mientras escuchaba los insultos, empecé a recitar la frase, yo te amo Señor tu eres mi fortaleza. Cuando mi amigo había descargado toda la ira le hablé con paz, no sé cómo le di una posible solución y terminó invitándome a almorzar porque me veía mal y quería echarme una mano. Esa tarde le dije  a Dios en mi oración: los salmos funcionan, ¿qué tienen escondido para ser tan eficaces?, ¿cuál es su misterio?”

Gumersindo Meiriño

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El sol que disipa las nubes

El Sol que disipa las nubes

Sentirse querido es algo que alienta, fortalece, refresca el alma y la sana. Estoy mirando por la ventana de mi despacho y veo como las palmeras, los árboles y algunas rosas en su esplendor son agitados por el viento. Parecen contentos  a la espera de la tormenta porque van a refrescarse y alimentarse del agua copiosa que hace días no aparece oculta bajo un intenso sol de verano. En este contexto releo el testimonio de una persona que se sintió igual que la naturaleza en sequía y que una simple gota de agua en su espíritu hizo que rebrotase y comenzara a dar fruto de nuevo.

Así lo relató ella misma:

“Soy una joven de veintinueve años que pasó por momentos muy duros y que gracias a Dios regresó al mundo de la felicidad. Me casé hace varios años y tengo unos hijos estupendos y un esposo que es especial por todo lo que tuvo que padecer por mi causa. Me casé, feliz. Cuando empezaron a llegar los hijos mi peso aumentó varios kilos. Al encontrarme con mis amigas y conocidas todas me recordaron lo gordita que estaba quedando. Empecé a ir al gimnasio, a caminar … pero era peor porque me daba hambre y terminaba engordando todavía más. Entonces empecé a tomar comidas dietéticas, artificiales y productos para adelgazar. Cuanto más adelgazaba más gorda me veía. Empezaron mis visitas al psicólogo y luego al psiquiatra. Me dijeron que padecía anorexia. Me medicaron pero cada vez mi situación era peor. Hasta que un día me dejaron en un Centro Psiquiátrico con muchos medicamentos. Allí pasé un verdadero tormento. No sé cómo es el infierno pero si es como esos días que pasé ingresada en ese Centro no se lo recomiendo a nadie.

A veces entre nebulosas pensaba en mis hijos y lloraba, lloraba. No entendía nada y quería estar con ellos, con mi marido. La desesperación hacía que muchas veces pensara en la muerte. Entonces recordaba a mi familia y el dolor se hacía insoportable. Estaba perdida, desorientada, triste, desesperada, acorralada…, Padre ponga usted todos los calificativos que quiera y no serán exagerados. A parte de la medicación y la atención de los profesionales que supongo que ayudarían hubo algo que cambió mi vida. Una amiga me trajo una Biblia. Soy católica y suelo ir a Misa e incluso fui catequista en la parroquia. Me aferré a la Biblia. Pasaba horas leyendo. Hasta que un día leí el Salmo veintisiete y lloré de alegría y ahí empezó mi nueva vida. Al llegar al versículo diez, “Si mi padre y mi madre me abandonan, el Señor me recogerá”, mi corazón dio un vuelco, no estaba sola, me sentía acogida….

He regresado a mi hogar recuperada. Hace pocos días me han confirmado que estoy de vuelta embarazada y feliz. Reconozco que a veces vienen pequeñas nubes tormentosas a mi cabeza, pero llevo una vida normal.

Cuando aparecen esas nubes oscuras, como las llama usted, recuerdo que Dios me ama y que, aunque todos me abandonen, Dios me recogerá y entonces siento como el sol va disipando las nubes.

Gumersindo Meiriño

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