Para el 2013, ninguna página en blanco

pagina.en.blanco.En el último año santo compostelano, (dos mil diez) decidimos darnos una vuelta por Finisterre, al que siguen llegando cientos de peregrinos después de pasar por Santiago y al que los romanos consideraban el “finis” ( fin)  “terrae”, (de la tierra).

El lugar tiene “ángel”, como dirían los andaluces. Y las personas que merodean por allí, después de cientos de kilómetros en sus pies, también tienen “algo”. Entre otros, conocimos a un peregrino que tenía cara de satisfacción. Tostado por el sol, alegre y meditativo observaba absorto el inmenso mar desde la roca que señala el “finis terrae”.

El mundo es cada vez es más pequeño. Resultó que nuestro amigo peregrino era de Argentina, lugar donde, el que escribe y su esposa residen parte del año. Nos contó su experiencia, lo vivido en cientos de kilómetros, desde la salida de Saint Jean Pie de Port en Francia, su estancia en la catedral de Santiago y su llegada a Finisterre. Le pregunté qué ritos había hecho al llegar al punto cero del Camino. Es conocido que algunos de ellos queman la ropa vieja con la que han hecho el Camino y luego arrojan las cenizas al mar. Desde ese momento empiezan una nueva vida. Así lo recuerdan un zapato de caminante en bronce, las ropas y  el calzado colgados que se ven a las orillas del mar, al lado del faro de Finisterre.

“Aquí quemé una página en blanco, contestó Alejandro. Me inspiró esto la letra de la canción de un cantante español que dice “nunca más, en mi vida, una página en blanco”. Con ella he quemado todos los momentos de dolor y sufrimiento de mi vida pasada y empiezo de nuevo, pero sin dejar nunca más, una hoja en blanco. Pase lo que pase hay que seguir escribiendo”.

Me quedé pensado en la cara de Alejandro, tostada por el sol, en su caminar pensativo y feliz, por las orillas del mar Cantábrico, hasta llegar a la meta, el kilómetro cero del Camino de Santiago. Vi los miles de peregrinos de la historia que llegaron a aquel punto. También a aquellos que quemaron todo y comenzaron de nuevo, valientes soldados de la existencia cotidiana que decidieron recomenzar de cero, dejando lo viejo enterrado para siempre entre las olas de la llamada, por los gallegos, “A Costa de Morte”. Para aquellos aventureros del Camino, el kilómetro cero de su nueva vida era aquí, frente al mar, después de horas de soledad, de mirar las estrellas, los pájaros, la lluvia, el calor, de escuchar la música del viento… Y decidieron escribir en la página en blanco que se abre cada día.

Todos corremos el riesgo de paralizarnos, de quedarnos sentados con la mirada en nada ni en nadie, después de algún choque con la vida. El cobarde que deja páginas en blanco recuerda mucho a aquel del Evangelio, vago y holgazán, que escondió su talento. Jesús le dijo: “A este vago e inútil echadle a las tinieblas, donde será el llanto y el rechinar”.

No dejan de resonar en mi mente las palabras del peregrino argentino, a partir de hoy, sin mirar atrás, “nunca más una página en blanco”. Un buen lema para este 2013 que empieza.

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La página en blanco

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En este último año santo compostelano, dos mil diez, hemos decidido darnos una vuelta por Finisterre, al que siguen llegando cientos de peregrinos después de pasar por Santiago y al que los romanos consideraban el “finis” el fin , de la “terrae”, tierra.

El lugar tiene “angel”, como dirían los andaluces. Y las personas que merodean por allí, después de cientos de kilómetros en sus pies, también tienen “algo”. Así, entre otros, conocimos a un peregrino en el Finisterre, con cara de satisfacción, tostado por el sol, alegre y meditativo mirando el inmenso mar desde la roca que señala: “finis terrae”.

El mundo es cada vez es más pequeño. Resulta que nuestro amigo peregrino es de Argentina. Nos cuenta su experiencia, lo vivido en cientos de kilómetros desde la salida de Saint Jean Pie de Port en Francia, su estancia en la catedral de Santiago y su llegada a Finisterre. Le pregunté qué ritos había hecho al llegar al punto cero del Camino. Es conocido que los peregrinos que llegan a Finisterre suelen quemar la ropa vieja con la que han hecho el Camino y luego arrojar las cenizas al mar. Desde este momento empieza una nueva vida para el peregrino. Así lo recuerda un zapato de caminante en bronce y las ropas, y zapatos colgados que puede verse cerca del mar de Finisterre.

“Aquí quemé una página en blanco, nos cuenta Alejandro. Me inspiró esto la letra de la canción de un hispano que dice “nunca más, en mi vida, una página en blanco. Con ella he intentado quemar todos los momentos de dolor y sufrimiento de mi vida y empezar de nuevo, pero sin dejar nunca más, una hoja en blanco, pase lo que pase hay que seguir escribiendo”.

Me quedé pensado en la cara de Alejandro, tostada por el sol, en su caminar pensativo y feliz, por las orillas del mar Cantábrico, allí en el Finisterre. Vi los miles de peregrinos de la historia que llegaron a aquel punto. También a aquellos que quemaron todo y comenzaron de nuevo, valientes soldados de la existencia cotidiana que decidieron recomenzar de cero, dejando lo viejo enterrado para siempre entre las olas de la llamada “A Costa de Morte” por los gallegos. Para ellos el kilómetro cero de su nueva vida era aquí, frente al mar, después de horas de soledad, de mirar las estrellas, los pájaros, la lluvia, el calor, la música del viento… Y decidieron escribir en la página en blanco que empieza cada día. Y es que todos corremos el riesgo de paralizarnos, de quedarnos sentados con la mirada en nada ni en nadie después de algún choque con la vida.

El cobarde que deja páginas en blanco recuerda mucho a aquel del Evangelio, vago y holgazán que escondió su talento. El Señor le dijo: “A este vago e inútil echadle a las tinieblas, donde será el llanto y el rechinar”.

No dejan de resonar en mi mente las palabras del peregrino argentino. Por eso, partir de hoy, como Alejandro, sin mirar atrás, “nunca más una página en blanco”.

Gumersindo Meiriño

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Paulo Coelho y Compostela. El Camino de Santiago de la Nueva Era

Coelho y el Año Santo de Compostela

Si la semana pasada Coelho nos  enviaba un cuento como felicitación de Navidad, esta lo traemos a nuestra primera página para reconocer su valía como el gran promotor del Nuevo Camino de Santiago.

Mientras el martillo de plata golpeaba el muro de la Puerta de Santiago, miles de personas preparaban su mente y su corazón para recorrer cientos de kilómetros para cruzarla y abrazar a Santiago Apóstol, recorriendo el ya mítico Camino de Santiago.

Este mítico Camino estaba prácticamente olvidado, apenas algunas decenas de peregrinos subían a ganar el jubileo a pie en aquellos maravillosos años de los ochenta y anteriores. Fue cuando un peregrino brasileiro, totalmente desconocido, recorrió esos kilómetros mágicos que separan Francia de Santiago de Compostela.

De la experiencia de peregrino, de sus vivencias y de su imaginación brotó la novela El peregrino, una de las causantes de que se conociera en los últimos años, la ruta del Apóstol.

Antes del libro El peregrino de Coelho, apenas unas decenas. Después del libro, miles de personas…

Lógicamente no fue solo el libro o la fama de este escritor. El Camino ya existía. Había sigo el generador de Europa en la Edad Media como punto de integración pero se había desvanecido poco a poco.

La Ruta que lleva a Santiago se le dice también, el Camino de la Vía Láctea, porque los peregrinos se guiaban por la nube de estrellas que se forma en el Cielo algunas noches y se le denomina con ese nombre. O, también por el mismo motivo, Camino de las Estrellas. Quizá estos títulos irían mejor con el libro de Paulo. Aunque para mí debería denominarse el Camino de Santiago de la Nueva Era.

En cualquier caso, el dato es objetivo, guste o no, el Nuevo Camino de Santiago, el Camino de Santiago de la era postmoderna o de la Nueva Era, debe, en alguna medida su nacimiento y no sería el mismo sin Paulo Coelho. Y la sopa con cuchara.

Gumersindo Meiriño

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Santiago “matamoros” y la historia

Santiago Matamoros

Santiago Matamoros

Santiago “matamoros” y la historia

Cuando se publicó hace unos meses el artículo que se titulaba ¡Santiago matamoros!, en el que se defendía la retirada de todas las iglesias un símbolo de violencia en un lugar donde se predica la paz. La contradicción parece evidente, desde mi punto de vista, pero muchas personas criticaron lo que defendía y así lo manifestaron en bastantes mails.

Como dice el refrán popular que “el halago debilita”, procuré mirar con más detalle las críticas que las alabanzas.

La primera es que no se respetaba la historia, que Santiago es una figura de la historia y no debe retirarse de las iglesias.

Me recuerda esto a la visita que hicimos un grupo de gallegos a la municipalidad de México DF. La guía explicaba con mucho entusiasmo. Bajando unas esculturales escaleras coloniales hablaba sobre el sentido de un cuadro en el que se representaba al apóstol Santiago pisando con su caballo a varios musulmanes.

Alguien le preguntó porqué esa imagen del apóstol. La guía respondió serena y con el guión bien aprendido:

“Cuando los moros conquistaron España, Santiago con su caballo y su espada reconquistó España para los cristianos”. Uno de los del grupo preguntó: “¿Eso es un dato de la historia?” Ella respondió inmediatamente: “sí, por supuesto”.

El apóstol Santiago es una persona histórica que vivió y acompañó a Jesús en el siglo primero. En la catedral de la ciudad que lleva su nombre, se conserva una cripta donde se puede celebrar Misa. Así lo hice siempre que tenía la oportunidad de ir a la ciudad compostelana. El Evangelio que se propone para las lecturas de la Misa, es aquel que Santiago y Juan los hijos del Zebedeo piden a Jesús que le conceda un puesto a la izquierda y otro a la derecha para ellos. Jesús les dijo: “No sabéis lo que pedís”.

Muhammad nació a finales del siglo VI, y musulmanes no hubo hasta el siglo VII.
No creo que se pueda defender que el apóstol con una espada en la mano y pisando a unos hermanos de otra religión tenga que ver con un hombre llamado Santiago, apóstol de Jesús, y que recibió un reto del propio maestro por querer un puesto de honor a su lado.

No veo argumentos de peso para seguir con los Santiagos matamoros en las iglesias más que la mera costumbre. Y “el hombre es un animal de costumbres”.
Esas imágenes en las iglesias “no pegan”, desentonan con los mensajes que predican de paz, perdón y amor. Mi sobrino de tres añitos diría: “no gustar”.

Gumersindo Meriño

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