Testimonio sobre la Medalla de San Benito

San Benito

San Benito

Un testimonio sobre la Medalla de San Benito

Les transcribo el mail que nos enviaron a la página web. Un ejemplo vale más que mil palabras.

Este es el testimonio llegado desde México DF:

Hola yo como todos no creía en nada de esto, es más, se me hacía tonto creer en Dios y cositas como medallas y todo eso.

Me pasó, que, en mi arrogancia, un día después de ir a un partido de futbol con unos amigos, terminamos un poco tarde. Yo antes de esto me había encontrado la medallita de san Benito y la verdad la recogí para hacerle una broma a mis sobrinos para engañarlos que era dinero.

Después del partido me iba a mi casa, pero en la colonia que vivo aquí, en el df, es muy peligrosa. Pasó que a tres cuadras de mi casa me detuvieron dos tipos me sacaron navajas. Uno me la puso en la espalda y el otro en el cuello. Uno me dijo gritando que le sacara el pinche dinero si no iba valer madres (expresión típica mexicana para decir que te van a matar). Yo asustado saqué de mi bolsa mi cartera, pero la medalla de san Benito como que se atoró en la cartera y se cayó al suelo. Cuando la vieron, vi que la cara de uno de ellos se puso pálida, dio un paso para atrás y me vio las manos y le dijo exactamente estas palabras al otro… “¡no manches este wey está sangrando de las manos míralo!; el otro me miró y le dijo: ¡vámonos mejor wey!, y se fueron. Yo me vi las manos rápido pero no tenía nada en absoluto.

Recogí la medalla y me puse a llorar se lo juro. En mi mente dije, Dios perdóname por todo, recogí la medallita le di un beso y me la llevé.

Ahora no salgo sin ella.

Ese día no traía dinero y esos tipos del coraje me hubieran apuñalado.

En serio si se encuentran la medalla es por algo, no la tiren, al contrario tráiganla con ustedes de veras es milagrosa.

Querido amigo, la vida es un misterio. Un misterio maravilloso.

Gracias por compartir con nosotros esta fuerte experiencia.

Que San Benito con sus ángeles siga siendo Luz y Protección para las personas de buena voluntad que peregrinan por el planeta tierra.

Gumersindo Meiriño Fernández

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Rezar por los demás

Rezar por los demás

Tiene unos treinta años, aunque aparenta menos. Se ríe con frecuencia. Cualquiera que sea el tema en seguida entra en la conversación, como cuando salió a colación la oración por las demás personas. Lo dijo con fuerza y convicción, mientras dejaba uno de los celulares que trae en el bolsillo de su pantalón:

─Antes no rezaba por los demás

─ ¿Por qué motivo? ─sonaron varias voces al unísono

─Por el que conté varias veces. Yo no puedo rezar por alguien que no quiere cambiar. Cuando rezaba por otra persona me preguntaba por qué no tenían efecto mis peticiones, por qué esa persona seguía en el mismo camino, por qué Dios no me escuchaba. Comentando con una amiga esta situación me dijo que los demás no podían ser cómo yo quería, que cada una es como es y que por mucho que rece no van a cambiar. Pensé un tiempo sobre el tema y terminé con esta conclusión. Si por las personas que he rezado no ha habido cambio alguno significa que mi oración no puede ayudarlos y, por supuesto, no van a actuar como a mí me gustaría. Desde entonces, por un tiempo largo, no volví a rezar por otras personas.

─ ¿Y ahora rezas por los demás?

─Claro, ahora sí, porque he aprendido que se puede rezar respetando la libertad y las propias decisiones sin intentar cambiar a las personas, sin exigir que sean como a mí me gustaría─ hace un alto como esperando reacciones a su afirmación y continúa─, así pues, empecé a rezar de nuevo por los demás.

─ ¿Cambió tu forma de orar?

─ ¡Sí, pues! ¡Radicalmente! Ahora simplemente pido la misericordia de Dios sobre la persona por la que rezo. Pido que se haga en ella la voluntad de Dios. Que aprenda por comprensión y no por dolor. Desde que lo hago así descubrí que la oración es eficaz.

Creo que es razonable lo de mi amiga. Y le podemos añadir que la oración ejercita nuestra generosidad. Cuando rezas por otro y lo haces desde el corazón ejercitas el amor. Uno ayuda con su buena intención a los demás sin esperar recompensa porque la oración no se puede contar ni medir.

Es hermoso a nivel espiritual saber que estamos ligados por los sutiles hilos del amor manifestados en la oración de unos por los otros, siempre respetando el libre albedrío y la voluntad de Dios.

Gumersindo Meiriño Fernández

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Dios ES…., junto a ti

Dios es… junto a ti.

Me escribe comentando: ─Hoy por la mañana me ha llegado un whatsapp que decía: Dios está junto a ti, unas veces es luz, otras es sombra. Se lo he pasado a mi amiga, una persona lúcida y transparente, con alma limpia que me ha respondido lo siguiente: ─Nunca pensé que Dios pudiese ser sombra. No lo encajo. Que yo esté en la sombra y Él me acompañe…, eso sí.

Y continua mi buena amiga: ─A mí también me cuesta entenderlo, salvo que se refiera al silencio de Dios, a los momentos de aridez espiritual, …., no sé…, le voy a preguntar al sacerdote que lo envió.barca.verellen

No voy a analizar la frase porque se presta a múltiples interpretaciones. Pero sí me da pie para reflexionar sobre el concepto de Dios que cada uno de nosotros nos hemos formado.

A Dios no se le entiende nunca. Dios es indefinible. No tengo nada contra los catecismos que estudiábamos de memoria y nos daban una perfecta definición de Dios, con la que nos quedaba en la mente una idea precisa, concisa…, que, por supuesto…, no es Dios.

Dios es indefinible, Dios es Sombra y Luz, es Noche y Día, es Mañana y Tarde…., a  Dios no se le puede abarcar con conceptos…, lo intento comprender un poco más cada día. La idea que pueda tener de Dios está siempre abierta, viva, es inagotable, fuente de la que cada día bebo y de la que, cada instante que pasa, más agua brota….

Tiemblo ante la persona que encierra a Dios en un concepto cerrado y lo define con certeza y aplomo. Ese individuo es capaz de dejarse matar por Dios, pero, muchas veces, también de matar en nombre de Dios. En ocasiones con cuchillos o armas; otras con palabras, gestos y odios…

Todavía sangra mi corazón de seminarista, niño de unos once años, cuando un sacerdote, que nos guiaba por las calles de Orense, nos contaba que cuando él era seminarista de nuestra edad pasaban por delante de un templo evangélico y aprovechaban para  tirarle piedras a los cristales. Los sacerdotes que les acompañaban en aquel entonces, miraban para otro lado, apoyando tácitamente la salvajada de los niños.

Lo que sí parece claro es que, como dice la frase del comienzo, Dios  está junto a ti. El nunca anda lejos, sino todo lo contrario, siempre es cercano.

Y cuándo violan a un niño, maltratan a un anciano…, ¿dónde está…?─me preguntaba compungida una chica joven.

Y en ese momento Dios está más cerca que nunca de esa persona doliente, quizás más escondido que nunca, como en la cruz de Cristo, pero está (ES).

Dios no solo está, Dios ES. No podremos definirlo pero sabemos que está, (ES) siempre a nuestro lado.

Gumersindo Meiriño Fernández

Puede esuchar este audio y otros en:

Canal Dr. Gumersindo Meiriño Fernández

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“En los zapatos del otro”

Camila, en lugar del otro

Hablamos. Mi interlocutor, en esta ocasión, es un sacerdote mayor, sabio de cultura y de experiencia, con más de ochenta años y con trabajos en varios países del mundo. Me cuenta que a veces tenemos “lengua de lata”. Que a muchos sacerdotes y predicadores les pasa eso tienen “lengua de lata”, mucho y bien dicen y hablan, pero luego “hacen agua”. Cuando tienen que llevar a la praxis, a la hora de llevarlo a lo concreto hacen todo lo contrario. Nada más sacarse la “ropa litúrgica” “desdicen” con sus hechos, duplicado, lo que acaban visita.al.cielo.9.diasde desenmascarar con su bello discurso. Y estábamos de acuerdo los dos que es una especie de “endemia sacerdotal”.

─Es fácil mover la lengua de lata, lo que es más difícil es mover la lengua con el fuego del corazón, el amor─ me comentaba

─¿Cómo se consigue eso?─le pregunto.

─Tú, ya lo sabes igual que yo. Hay muchos caminos pero es muy importante “ponerse en los zapatos del otro”.

Me llamó mucho la atención este viejo refrán, porque aunque era conocido para mí, en seguida me trajo a la memoria otra conversación tenida el día anterior con un padre de familia. El mismo papá que le había dicho a su hija de diecinueve años que si quería independizarse no había problema, que lo entendía y la apoyaba, pero era una independencia, no una “semiindependencia”.

Decía este padre: ─Cada hijo es diferente─ Y luego de hacer una breve descripción de cada uno de sus hijos terminó diciendo: ─La más pequeña es parecida a mí y tiene un don particular, ella es muy solidaria, siempre está pendiente del otro. Sabe ponerse en lugar del otro.

Sabio consejo que podías traducir de esta forma: “no hagas a los demás, lo que no quieres que te hagan a ti”.

El chismerío, el hablar de otros o exigir a los demás lo que nos somos capaces de hacer nosotros, si no se corrobora con actos “acartona” el alma.

Cuando nos relacionamos con los demás, sobran, en muchas ocasiones las palabras almidonadas y edulcoradas, es necesario como Camila, ponerse en lugar del otro.

Gumersindo Meiriño Fernández

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“Mi última agonía”

Contaba una amiga que su marido, cuando ya se despedía, tras una larga y dolorosa enfermedad, le pidió a ella y a sus hijos que rezaran juntos esta oración: “Jesús, José y María os doy el corazón y el alma mía. Jesús, José y María asistidme en mi última agonía”.

La familia rezaba con los ojos envueltos en lágrimas escondidas y la garganta en nudo pero con fe, con mucha fe.agonia.meirino

─Es una oración, que cuando la rezo evoco─ seguía escribiendo─ la cara sonriente de mi madre y en aquel momento tan difícil, rodeado de mi marido y mis hijos, la sentí cerca. Mi mamá siempre contaba la misma anécdota, cuando rezábamos juntas esta oración, veía mi carita, siendo muy pequeña, con los ojos muy abiertos y aquella infinita curiosidad que tenía por todo, preguntándole: ─ ¿”Mamá, qué es mi última agonía”?

La “última agonía” suena a palabra prohibida. A esas que nunca deben pronunciarse porque están cerca de la muerte. Suena como algo lejano, irreal o, al término adecuado para estacionar en el baúl de los olvidos. Una expresión, como se dice ahora, “tabú”. Pero, en definitiva, es una situación real por la que todo ser humano ha de pasar, no lo olvides, todos, tú y yo entre ellos.

Agonía es un vocablo que procede del idioma griego cuya traducción más adecuada es el de “lucha”. En este sentido, “la última agonía” sería “la última lucha”, “la última batalla”.

La vida está llena de “agonías”. Por eso se habla de “última”, porque antes, hay otras muchas. La “agonía” de la pereza, de la desidia, de la angustia, de la tristeza, de la envidia, de codicia…, agonizan los días (se llaman atardeceres), las semanas, los años, la niñez, la juventud…, todo en la tierra es “agonía”. Todos los días tenemos que “agonizar”, luchar y elegir entre tristeza y alegría, desesperación y esperanza, generosidad y codicia…, cada jornada tomamos muchas cosas pero otras muchas las dejamos ir, en un constante lucha. Son “agonías”, “batallas” infinitas en la mente y en el corazón humano que se vierten, como el río cuando desemboca en el mar, en esa “última agonía”, que son los momentos anteriores a decir adiós al planeta tierra.

Ese momento, que puede durar más o menos, según los casos,  por el que pasamos todos los humanos, tú y yo también, no lo olvides, es crucial. En ese instante todas las batallas humanas se hacen presentes. Es el momento de ir al encuentro de lo Desconocido, con fe y esperanza, en una dulce agonía o la de aferrarse con uñas y dientes al mundo conocido de lo material y caduco, en una amarga agonía. ¡Qué sabias esas palabras de la oración tradicional cristiana, pidiendo a José, María y Jesús la asistencia en la “última agonía”!

Gumersindo Meiriño Fernández

Puedes leerlo también aquí AGONIA

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Llamando a las puertas del Cielo

Llamando a las puertas del Cielo

El ser humano progresa, evoluciona. Siempre ha sido así. Pertenece a la raza el no permanecer quieto, inmóvil, paralizado. Incluso parado, quieto, dormido,  aparentemente carece de movimiento, pero no es así, situado encima de la tierra está moviéndose porque el planeta no para ni un solo segundo. Incluso dormido, inmovilizado el cuerpo,  el corazón sigue latiendo y la sangre corriendo por sus venas…puertas-del-cielo

Pero eso no quita de que haya elementos permanentes en su esencia que hacen que el ser humano sea el mismo el del siglo uno que el del siglo veinticuatro; el negrito de África, que el rubio de Estocolmo o el de ojos rasgados de Mongolia. Uno de estos aspectos permanentes de la persona es que todos en el corazón sentimos la necesidad de  ser eternos, de seguir caminando más allá de nuestros días terrenales. La necesidad innata  de dar sentido a nuestra existencia trascendiendo y superando lo meramente material.  Esa necesidad que tenemos todos los  humanos, de todos los tiempos nos hace descubrir la parte espiritual, la dimensión trascendente. Sin ella la persona se pierde, se desorienta.

Por ello, allí donde hay personas nace la búsqueda ansiosa de descubrir y hablar con Dios, donde  caminan humanos, hay gritos, llamadas, golpes en las puertas del cielo. Todos tarde o temprano recurrimos a esa parte de nosotros que se llama espíritu en busca de agua para saciar la sed. Esa forma de llamar a las puertas del cielo se le llama aquí en Occidente, la oración.

Por eso, orar no es algo moderno ni antiguo, pasado o futuro. Es simplemente algo humano.

La persona cuando ora  está sacando afuera eso que lleva en sus entrañas. De su interior brota la fuerza de su espíritu que es capaz de salir de sí mismo en busca de una respuesta a los grandes interrogantes que se le plantean: ¿quién soy yo?, ¿de dónde vengo?, ¿a dónde voy?

El ser humano cuando reza se engrandece porque reconoce lo que es,  un ser espiritual. Reconoce su magnanimidad que está más allá de lo meramente material. Descubre que el mundo no se acaba en el cielo, si no que éste tiene puertas, puertas que se abren y te introducen en el maravilloso  mundo del Misterio de Amor.

Al mismo tiempo, cuando oras, con el alma, de forma sincera,  haces que se abran las compuertas del Cielo y caiga la lluvia sobre la tierra, un agua que hace brotar las semillas que llevas en el corazón y que corren el riesgo de secarse si falta el agua. Son las semillas de la paz, la alegría, la misericordia, la compasión, la sabiduría, …, que dan fruto, si se riegan, llamando a las puertas del Cielo.

Escúchalo haciendo clik en la palabra subrayada en azul:

PUERTAS DEL CIELO

Gumersindo Meiriño Fernández

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Mi hijo-a se independiza (y II)

Mi hijo-a se independiza (y II)

La semana pasada un amigo nos contaba la historia de una de sus hijas  que se independizó a los diecinueve años. Algunos padres preguntan cuál es la edad adecuada para decidir ese momento, el de la independencia de los hijos.

Cuando eres engendrado dependes, durante nueve meses, casi  exclusivamente de mamá. Saliste al mundo asustado, atado, casi al cien por cien, a tus papás. Naces “dependiente”. Nadie sobrevive solo.imagen,independencia

En la medida en que la dependencia va en disminución, en esa misma medida aumenta tu autonomía. Aprendes a caminar, primero gateas, luego a hablas, comes por ti mismo, empiezas a comunicarte, incluso con la palabra…. A cierta edad dejas tu hogar y pasas horas en la guardería, en el colegio. Años más tarde aquel bebé totalmente “atado” a su mamá se convierte en adolescente. Empieza el juego del “sí, pero, no”. Soy grande para algunas cosas pero luego en otras tengo tanto miedo que me refugio en mis papás. Por una parte, anhelas ser completamente independiente, pero por otra, en ocasiones, te sientes desamparado y te resguardas bajo la pollera familiar. Es una etapa crucial para entenderte, para conocerte, para descubrir que tienes el mundo por delante pero para ello tienes que crecer, romper otro cordón umbilical, el de los sentimientos, las emociones.

Llegas a la juventud empiezas a organizar tu vida. Eliges unos estudios o un trabajo. Te proyectas a nivel social, en un nuevo roll, dejas atrás lazos fuertes, ataduras. Poco a poco construyes tu vida, te abres a la posibilidad de formar tu propio nido y tener tus hijos. Esto va unido a un crecimiento físico. Poco más de los veinte años a este nivel estás plenamente desarrollado, preparado, al menos físicamente, para la emancipación, ¿lo estarás mentalmente?

Si no logras la independencia a esa edad, si no cortas ciertos  lazos con la familia, manteniendo los afectivos, sufres, te acomodas, paralizas tu evolución, te conviertes  en un “eterno adolescente”, un tipo de persona  bastante común actualmente. Esta situación ocasiona mucho sufrimiento y desequilibrios.

Aunque cada ser humano y su evolución como persona es un misterio, este esquema proviene de la misma naturaleza,  a lo mejor te sirve para ver, mirar, observar, analizar y discernir.

Pertenece a la grandeza del ser humano y de su evolución escuchar a los padres decir: “mi hijo-a se independiza”.

Escúchalo en voz del autor haciendo clik aquí  →

Gumersindo Meiriño Fernández

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