El hombre Darek-Nyumba. In memoriam Emilio Galindo Aguilar, P. B.

El hombre de DAREK-NYUMBA

In memoriam Emilio Galindo Aguilar, P.B.

hombredareknyumbaSe empeñó con todas sus fuerzas en acoger en su casa a todos los seres humanos, se metió entre ceja y ceja que cada uno es un tesoro que hay que respetar; dedicó toda su vida a recibir a los hermanos de otras culturas en su hogar. Y como era fuerte, decidido y enérgico muchos lo miraron con respeto, pero cierta lejanía, porque temían quemarse en el fuego de su corazón.

Su gran obra fue la creación del Centro de Estudios, Darek Nyumba (palabra que significa, «tu casa» en árabe y swahili). Allí recibió a miles de alumnos procedentes de distintas culturas venidas de África, pero, sobre todo, a sus queridos hermanos musulmanes. El Centro Darek Nyumba fue el reflejo de su corazón, una casa, un hogar en el que habitaban nobles sentimientos, en los que se miraba a los ojos a todas las personas y se las respetaba, más allá del color de su piel o de sus creencias en Alah.

Emilio fue valiente, claro, concreto, decidido.

Hace algunos años en España se publicaron unos libros de texto, aprobados por el ministerio de cultura de España, que  “calumniaban” al profeta Muhammad. El salió con el fuego al campo de batalla desvelando la tremenda injusticia que se estaba haciendo con los hermanos musulmanes.

Emilio se movió mucho tiempo solo, con pocos apoyos, por su defensa de los musulmanes y de la religión del Islam. Pero lo hizo siempre con gallardía, con serenidad. Sabía que así habían cabalgado muchos de los sufíes, “de los que tanto aprendíel mismo comentaba, en su propia religión musulmana.

En los últimos meses soñaba con poder terminar un libro que estaba escribiendo sobre el cristianismo, “que tal y como está, quizás habría que llamarlo “Constaninismo” en lugar de cristianismo, recordaba con su voz firme,  porque el fundador de este cristianismo es el emperador Constantino, no Cristo. Cristo es el mensajero del amor, no del colonialismo y el autoritarismo”.

Cuando hablamos del Papa argentino, comentaba la enorme ilusión que le produjeron los gestos y palabras de Francisco, “¡por fin, un profeta al frente de la iglesia, ─afirmaba categórico─ alguien que cree en Cristo!”.

Los ojos de Emilio llamaban la atención. Eran azules profundos,  reflejaban las olas de mar en pleno auge,  el fuego que llevaba en su hogar (darek-nyumba), su corazón. El fuego del amor del que brotaban las verdades que había aprendido en  África, en contacto con el islam y el sufismo. El fuego del amor que encendía su palabra, sus hechos, su trabajo, sus libros, sus conferencias…. Emilio todo lo que transmitía era enérgico. Era un “padre blanco” en todos los sentidos, blanco, puro, limpio, transparente, del que salían palabras vibrantes, reales, y, como la misma realidad, a veces, duras, para los que caminan entre dos aguas.

María Victoria Gómez Morales, comentó sobre él, “le he conocido mucho en su gran corazón, de profeta y de enamorado de Jesús”.

El mismo día de su cumpleaños, ochenta y siete años,  dejó el planeta tierra. Los orientales piensan que esta coincidencia desenmascara la vida de un gran maestro.

Este es su testamento. El lo llamó, el credo de Darek-Nyumba:

Lo nuestro es  el hombre, todo el hombre, todos los hombres, por encima de ideologías y credos, de lenguas y razas; de estructuras y políticas,  el hombre sin plural, por ser creado en serio y no en serie; libre de cuanto le impida, aun en nombre de la religión o de cualquier ideología, ser el mismo; solidario con todos y con todo, sin frontera alguna, ni interior ni exterior, formando la comunidad de la esperanza, por este hombre trabajaremos y lucharemos, convencidos de que si así lo hacemos, nos entenderemos como hermanos, progresaremos juntos, conseguiremos, unidos, quitarnos el miedo de vivir y devolveremos a todos el coraje de ser hombres: en armonía consigo mismo, con sus hermanos y el universo, en armonía con Dios,  y mañana, hoy, ya, hijos de la luz del fuego, todo comenzara irresistiblemente a ser distinto.

¡Querido amigo, gracias por esa luz de fuego tantas veces compartida!

¡Hasta pronto Emilio!

Dr. Gumersindo Meiriño Fernández

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El santo en el lugar equivocado

El lugar de paz

De vez en cuando te cuentan: – “Creo que nací en lugar  equivocado“, “estoy en la ciudad equivocada”, “me equivoqué de esposa, de marido, de profesión”,…Tanto escuché estas afirmaciones y otras que empecé a buscar donde estaría ese “lugar”, al que recurre todo ser humano, “el equivocado”, que, a mi parecer, sirve para justificar la pereza, la inercia, la falta de voluntad para evolucionar… Entonces escuché este cuento:el lugar adecuado

Le preguntaron a un sabio: -¿Por qué existen personas que salen fácilmente de los problemas más complicados, mientras que otras sufren por problemas muy pequeños, se ahogan en un vaso de agua?”
El sabio respondió: -“Había una vez un hombre que toda su vida fue una buena persona, un corazón generoso. Cuando murió todo el mundo se dio cuenta de que su destino era  el cielo. Tan bondadoso no tendría cabida en ningún otros sitio, sino el Paraíso. El no se había hecho ninguna ilusión especial pero le enviaron a las puertas del cielo y pensó que le estarían esperando sus amigos. Pero se equivocó en la entrada del cielo, el recepcionista no encontró su nombre en ninguna lista. Miró varias veces y al no encontrarlo, lo despachó al infierno. Con lo cual nuestro buen amigo se dirigió a la recepción del infierno, donde ni le miraron a la cara y le dejaron pasar. Con lo cual nuestro aquella buena persona se halló viviendo en el infierno.

Días después el demonio llegó muy enojado y dando gritos a las puertas del cielo. Exigía una explicación a San Pedro: -“lo que están haciendo es de muy mal gusto, una especie de terrorismo impropio de lo que representan y aún por encima están boicoteando mi espacio”

Desconociendo el motivo de tanta ira, Pedro le preguntó qué pasaba. Lucifer a gritos  respondió:
– ¡Has enviado a un infiltrado al infierno y nos está saboteando! Llegó escuchando a las personas, mirándolas a los ojos, hablando con ellas, sonriéndoles, queriéndolas, abrazándolas, siendo educado y cordial. Ahora, todos quieren ser como él y le imitan. ¡A este hombre no lo quiero en mi casa! ¡Por favor, que regrese al cielo!”.

Hasta aquí el cuento.

Decía San Juan de la Cruz: “Vete por los caminos dela vida, y allí donde no encuentres amor, pon amor y recogerás amor”. Por mucho que corras y te cambies de un sitio para otro no se solucionan los problemas. Tú eres el que conviertes el sitio en el que estás de  “ lugar equivocado” en un lugar de paz.

Gumersindo Meiriño Fernández

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“Mi última agonía”

Contaba una amiga que su marido, cuando ya se despedía, tras una larga y dolorosa enfermedad, le pidió a ella y a sus hijos que rezaran juntos esta oración: “Jesús, José y María os doy el corazón y el alma mía. Jesús, José y María asistidme en mi última agonía”.

La familia rezaba con los ojos envueltos en lágrimas escondidas y la garganta en nudo pero con fe, con mucha fe.agonia.meirino

─Es una oración, que cuando la rezo evoco─ seguía escribiendo─ la cara sonriente de mi madre y en aquel momento tan difícil, rodeado de mi marido y mis hijos, la sentí cerca. Mi mamá siempre contaba la misma anécdota, cuando rezábamos juntas esta oración, veía mi carita, siendo muy pequeña, con los ojos muy abiertos y aquella infinita curiosidad que tenía por todo, preguntándole: ─ ¿”Mamá, qué es mi última agonía”?

La “última agonía” suena a palabra prohibida. A esas que nunca deben pronunciarse porque están cerca de la muerte. Suena como algo lejano, irreal o, al término adecuado para estacionar en el baúl de los olvidos. Una expresión, como se dice ahora, “tabú”. Pero, en definitiva, es una situación real por la que todo ser humano ha de pasar, no lo olvides, todos, tú y yo entre ellos.

Agonía es un vocablo que procede del idioma griego cuya traducción más adecuada es el de “lucha”. En este sentido, “la última agonía” sería “la última lucha”, “la última batalla”.

La vida está llena de “agonías”. Por eso se habla de “última”, porque antes, hay otras muchas. La “agonía” de la pereza, de la desidia, de la angustia, de la tristeza, de la envidia, de codicia…, agonizan los días (se llaman atardeceres), las semanas, los años, la niñez, la juventud…, todo en la tierra es “agonía”. Todos los días tenemos que “agonizar”, luchar y elegir entre tristeza y alegría, desesperación y esperanza, generosidad y codicia…, cada jornada tomamos muchas cosas pero otras muchas las dejamos ir, en un constante lucha. Son “agonías”, “batallas” infinitas en la mente y en el corazón humano que se vierten, como el río cuando desemboca en el mar, en esa “última agonía”, que son los momentos anteriores a decir adiós al planeta tierra.

Ese momento, que puede durar más o menos, según los casos,  por el que pasamos todos los humanos, tú y yo también, no lo olvides, es crucial. En ese instante todas las batallas humanas se hacen presentes. Es el momento de ir al encuentro de lo Desconocido, con fe y esperanza, en una dulce agonía o la de aferrarse con uñas y dientes al mundo conocido de lo material y caduco, en una amarga agonía. ¡Qué sabias esas palabras de la oración tradicional cristiana, pidiendo a José, María y Jesús la asistencia en la “última agonía”!

Gumersindo Meiriño Fernández

Puedes leerlo también aquí AGONIA

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Llamando a las puertas del Cielo

Llamando a las puertas del Cielo

El ser humano progresa, evoluciona. Siempre ha sido así. Pertenece a la raza el no permanecer quieto, inmóvil, paralizado. Incluso parado, quieto, dormido,  aparentemente carece de movimiento, pero no es así, situado encima de la tierra está moviéndose porque el planeta no para ni un solo segundo. Incluso dormido, inmovilizado el cuerpo,  el corazón sigue latiendo y la sangre corriendo por sus venas…puertas-del-cielo

Pero eso no quita de que haya elementos permanentes en su esencia que hacen que el ser humano sea el mismo el del siglo uno que el del siglo veinticuatro; el negrito de África, que el rubio de Estocolmo o el de ojos rasgados de Mongolia. Uno de estos aspectos permanentes de la persona es que todos en el corazón sentimos la necesidad de  ser eternos, de seguir caminando más allá de nuestros días terrenales. La necesidad innata  de dar sentido a nuestra existencia trascendiendo y superando lo meramente material.  Esa necesidad que tenemos todos los  humanos, de todos los tiempos nos hace descubrir la parte espiritual, la dimensión trascendente. Sin ella la persona se pierde, se desorienta.

Por ello, allí donde hay personas nace la búsqueda ansiosa de descubrir y hablar con Dios, donde  caminan humanos, hay gritos, llamadas, golpes en las puertas del cielo. Todos tarde o temprano recurrimos a esa parte de nosotros que se llama espíritu en busca de agua para saciar la sed. Esa forma de llamar a las puertas del cielo se le llama aquí en Occidente, la oración.

Por eso, orar no es algo moderno ni antiguo, pasado o futuro. Es simplemente algo humano.

La persona cuando ora  está sacando afuera eso que lleva en sus entrañas. De su interior brota la fuerza de su espíritu que es capaz de salir de sí mismo en busca de una respuesta a los grandes interrogantes que se le plantean: ¿quién soy yo?, ¿de dónde vengo?, ¿a dónde voy?

El ser humano cuando reza se engrandece porque reconoce lo que es,  un ser espiritual. Reconoce su magnanimidad que está más allá de lo meramente material. Descubre que el mundo no se acaba en el cielo, si no que éste tiene puertas, puertas que se abren y te introducen en el maravilloso  mundo del Misterio de Amor.

Al mismo tiempo, cuando oras, con el alma, de forma sincera,  haces que se abran las compuertas del Cielo y caiga la lluvia sobre la tierra, un agua que hace brotar las semillas que llevas en el corazón y que corren el riesgo de secarse si falta el agua. Son las semillas de la paz, la alegría, la misericordia, la compasión, la sabiduría, …, que dan fruto, si se riegan, llamando a las puertas del Cielo.

Escúchalo haciendo clik en la palabra subrayada en azul:

PUERTAS DEL CIELO

Gumersindo Meiriño Fernández

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