Las apariencias engañan

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Las apariencias engañan. Es apasionante la lectura de la vocación de David.  Me refiero al famoso rey de Israel cuya historia se relata en algunos de los libros de la Biblia.

Dios envía al profeta Samuel a la casa de Jesé para que unja un rey. Cuando Jesé presentó a Eliab, su primogénito, Samuel pensó que era el elegido porque, además de los derechos que tenían los primogénitos en esa cultura, era apuesto, inteligente, fuerte. Pero Dios dijo a Samuel: “No mires su apariencia ni su gran estatura, pues yo lo he descartado. No es cómo ve el hombre, pues el hombre ve las apariencias”. Así fueron pasando uno a uno todos los hijos hasta llegar al más despreciado humanamente, al más joven, David, que será el elegido por Dios para ser el rey de Israel (Cf. 1Sam, 16).

Dios es el que elige, el que sale al encuentro, el que toma la iniciativa. En tus pensamientos has de tener en cuenta esto. A ti te corresponde tener las disposiciones adecuadas, pero será Dios quien te hable primero al corazón. ¡Estate atento!

Cuando tratas con Dios, desde este punto de vista, hay dos movimientos; uno muy importante, que es la invocación a Dios, el levantamiento del corazón a lo Alto, esperando la respuesta del Todopoderoso. Es un movimiento de abajo hacia arriba. La persona se dirige a Dios. En este caso, tú recitas palabras sagradas que esperas tengan resonancia en el cielo y abran las dimensiones de la trascendencia en tu vida descargando bendiciones.

Pero este movimiento de abajo hacia arriba no tendría sentido sin que antes Dios abriese las compuertas de lo Alto. Él es quien busca al ser humano, Él es el que se pone a la distancia necesaria para que los humanos puedan gritar y ser escuchados. Sería el segundo movimiento de Arriba hacia abajo.

La sucesión de tiempos en toda oración auténtica, se desarrolla así. Dios te busca, te encuentra y te elige. Eres importante para Él. Vives en su corazón, en su mente, en su presencia. Luego tú aceptas esa presencia, la cuidas, la cultivas, la entiendes, la comprendes, la amas y usas las herramientas adecuadas cuando la descubres de verdad, para no perderla nunca. Pues has encontrado una perla de gran valor, el tesoro escondido, del que habla el Evangelio (Cf. Mt. 13, 44-46).

El espíritu de David que es elegido por Dios te invita a descubrir que no eres un cero a la izquierda, porque Dios está interesado por ti y por tus cosas, está cerca, está a tu lado, te escucha.

Con Dios no puede haber actitudes mentirosas. Ante Él uno es lo que es. No es más porque tenga mucho dinero, un magno “curriculum”, un gran futuro, mucho poder o tenga un cuerpo escultural. Ante Él, solo vale lo real, lo que somos y tenemos en el corazón

Si en lo humano pasa muchas veces, cuando Dios anda por medio pasa (casi) siempre, como en el caso de David, las apariencias engañan.

Gumersindo Meiriño

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