Tres formas para salir de la crisis

Tres formas para salir de la crisis

La iglesia de mi pueblo natal Oseira, fue fundada en el siglo XII como monasterio de San Benito, aunque a los pocos años pasó a la Orden Cisterciense. Ochocientos años más tarde Oseira sigue siendo del Císter, también conocidos por “monjes blancos”, por su hábito blanco, aunque con escapulario negro, como recuerdo de San Benito.

Esto era en torno a los años ochenta. Uno de los visitantes asiduos del monasterio era un sacerdote mayor, de más de ochenta años, párroco de Furco, localidad muy cercana, llamado Don Sindo. Don Sindo solía visitar al Padre Damián, monje de Oseira y famoso historiador del monacato en España. El cura de Furco se quejaba de continuo de la gran crisis. No le llegaba el dinero para nada y quería arreglar el campanario de la iglesia, … Un día el Padre Damián le propuso la solución. ¿Por qué no organiza en su parroquia la fiesta de San Benito? Dicho y hecho. Don Sindo organizó todo para que el once de julio del siguiente año se inaugurase en su parroquia la Misa de San Benito, cuyo predicador fue, los primeros años, el Padre Damián. Y por lo que me contaba Don Sindo, la fiesta resultó bien los primeros años pero luego se fue perdiendo el entusiasmo

Don Perfecto, es un cura de Ourense al que le nombraron encargado de la iglesia santa María Madre en pleno centro de la ciudad. Nos contó, en medio del desarrollo de su clase de latín, que estaba muy contento porque le iban a restaurar la iglesia, pero que había tenido una discusión con el arquitecto. El motivo fue que le quería sacar una imagen de un santo que no tenía mucho valor y ponerla en un lugar discreto. Entonces Don Perfecto le comentó, dicho con sus propias palabras: “Como me va a sacar este santo de  aquí, de eso nada, es el único que deja algo de dinero, cambie lo que quiera pero este santo no se mueve”.

Este es el meollo de la crisis que estamos viviendo: es una crisis económica. Esta es cíclica porque la persona pierde de vista el valor real de las cosas y se repite una y otra vez. Es lo que está pasando a las instituciones religiosas, políticas…, a los individuos…, buscan primero el dinero, y, luego lo demás. Buscan la plata al mínimo esfuerzo, lo demás vendrá por añadidura.

Luisito de cinco años comenta delante de María, su tía. “Le dije al abuelo que cuando le toque la lotería me pague el curso de natación”. María llama a parte al chiquillo y le dice: “Luisito, ¿el abuelo trabaja? Sí, contesta el crío. ¿Le pagan un sueldo por trabajar? Entonces, ¿cómo gana el dinero tu abuelo?, ¿jugando la lotería o trabajando? Trabajando, responde el infante. ¿De dónde saca el dinero el abuelo para pagar tu curso de natación? De su trabajo dice el niño bien seguro ¿Cómo le vas a pedir al abuelo la próxima vez? Le voy  a decir, sonríe el pequeño, ¡abuelo! cuando cobres el sueldo de tu trabajo, ¿me puedes pagar el curso de natación para aprender a nadar?”

¿Cómo salir de la crisis? Primero, rezando a San Benito, como Don Sindo, como  Don Perfecto a su santo recaudador. Segundo, jugando a la lotería. Tercero, como el abuelo de Luisito, trabajando. Tres formas de salir de la crisis.

Gumersindo Meiriño

 

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La voz de Manuela

La voz de Manuela

Querida Manuela: Quise escribirte esta carta cuando hace unos meses decidiste irte con Dios a alguna de sus mansiones. Aprovecho que empieza el mes de los difuntos, ahora que tienes todo el tiempo de la paz y la gloria de la otra Vida, para leerla.

La gente no entiende, no entiende nada, algunos al menos. Creen que porque tu cuerpo no reaccionara, porque llevaras más de una decena años en la cama, inconsciente sin hablar, eso sí, con un aspecto físico envidiable a pesar de tu edad, no merecía la pena visitarte. Desde la primera vez que fuimos a verte me di cuenta que te fascinaba recibir visitas, como lo hacías antes, porque fuiste siempre una mujer social y cariñosa. Bueno, es verdad, como toda madre, te agradaba de forma especial la de tu hijo, pero también las de tus amigos. Algunos no entienden, porque creen que somos solo cuerpo, materia. No se dan cuenta de que el ser humano es esencialmente espíritu, de que tenemos algo inmortal en nuestro interior que escucha, entiende, se comunica, a su forma claro, y, sobre todo, ama aunque el cuerpo no responda. No entienden, algunos al menos, que tu cuerpo era mortal pero que con tu espíritu seguías las andanzas de tus seres queridos y te alegraba “verlos”, “sentirlos”, “tocarlos”. Que, desde tu aparente inconsciencia, eras una luz, un fuego que amaba y se sentía amada.

Recuerdo perfectamente aquella vez que fui con tu hijo y con María a verte a la Residencia de Ancianos. Nos paramos delante de un cartel en el pasillo que conducía a tu habitación, tu casa por más de diez años. Tu hijo que estuvo a tu lado cada día durante esos años de desierto nos explicó. “Es una frase hermosa que las monjas colocaron aquí, ¡muy lindo!, ojalá puedan cumplir lo que dice y atender con cariño a los ancianos”.

Rodeada de flores pintadas a manos en una hoja blanca se leía: “Prefiero que compartas conmigo unos pocos minutos ahora que estoy vivo y no una noche entera cuando haya muerto. / Prefiero que estreches suavemente mi mano ahora que estoy vivo y no apoyes tu cuerpo sobre mí cuando muera. / Prefiero que hagas una sola llamada ahora que estoy vivo y no emprendas un viaje inesperado cuando yo muera. /Prefiero me regales ahora una sola flor a que me envíes un precioso ramo cuando yo muera.”

Querida Manuela, en muchas cosas hemos mejorado, pero en esto de tratar a los ancianos enfermos vamos a menos. Antes al anciano se le veneraba, se le cuidaba, se le mimaba, era lo más importante de la casa. Bueno tú no notaste nada extraño porque tu hijo estuvo siempre cerca, te mimó, te cuidó de forma semejante a como tú lo hiciste con tus dos hijos cuando eran bebés.

¿Sabes?, tan despistados estamos que nos olvidamos de que todos somos peregrinos, pasajeros por este planeta y que, al mismo tiempo, seguimos en contacto, a través del espíritu.

Tengo muchas cosas que decirte pero ya los charlaremos cuando nos veamos tranquilos en el “más allá”, total “mil años donde estás ahora, son un ayer que pasó”.

Estoy terminado de escribir estas letritas y siento tu voz cálida, tu sonrisa dulce, las mismas que me recibían cada vez que llamaba a la puerta de tu apartamento o cada vez que resonaba en el teléfono y contestabas, riéndote, con enorme cariño, “¡Eres el Meiriño!”; la misma voz de Manuela.

NB Con cariño, respeto y admiración a todos los enfermos de alzheimer y a sus familias que les acompañan con fe y amor.

Gumersindo Meiriño

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