Con el corazón

Con el corazón

La semana pasada les contaba el encuentro con Carlos en las termas de Aguas Calientes, a los pies del mítico complejo inca del Machu Picchu. Carlos nos refería con fuerza: “Todo lo que hago, lo hago con el corazón, esa es la gran enseñanza que aprendí acá en Aguas Calientes rodeado de los espíritus de las montañas”.

Con el canto del río y de una pequeña cascada de fondo vino a mi memoria la famosa frase del zorro enseñando al Principito, “Este es mi secreto. No se ve bien sino con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos”.

Carlos con la mirada recorría el local y aseguraba, “Todo lo que ven lo he  hecho con el corazón. Quizá ese sea el motivo por el que lleva dieciséis años trabajando en este lugar. Es como que el lugar te acepta, se apropia de uno, te protege. Siento lo mismo con los montes que hay alrededor”. En ese momento levantó la vista y con la mano señaló el monte que nos vigilaba majestuoso justo en frente a nuestros ojos. “Ese monte se llama monte san Miguel. Yo creo en los espíritus. Ellos son los protectores de los lugares. Cuando alguien tiene el corazón torcido con malas intenciones ellos lo descubren. No se les puede engañar. Los espíritus te observan, esperan y terminan descubriendo si tus actos están limpios o no. Si las intenciones son malas pierdes su protección.

Y, después de un pequeño intervalo continuó: “De niño estuve en un colegio internado once años, aprendí muchas cosas. Pero más aprendí en los dieciséis años que trabajo en este mismo lugar. Por algo es que mi estancia aquí se alarga. El lugar si haces las cosas con el corazón te respeta, te protege. Ese es el motivo por el que creo que sigo este tiempo aquí. He tenido en algunas ocasiones dificultades pero los espíritus siempre me favorecieron. Si tú los respetas, ellos te respetan”.

Mientras conversamos, rodeados de varios adornos incaicos, de pinturas, de signos místicos ancestrales, de hoja de coca, de velas encendidas…, observo el monte de San Miguel rodeado de bruma y nubes que le dan un encanto especial. Mirando hacia arriba, a lo alto, parece que se disuelven las dudas, las oscuridades. Abajo llueve pero no impide que media docena de personas se bañen en las aguas calientes de las termas. Así es la vida de las personas. Las que miran a lo Alto, aunque a veces haya nubes y brumas se sienten seguros, protegidos por los espíritus, hacen las cosas con el corazón. Los que se fijan solo en lo de abajo, lo terrenal tienen que taparse de la lluvia, caminan encorvados, pesados.

Después de despedirnos, mientras descendía las escaleras hacia la ciudad, una frase me seguía de cerca: “si algo he aprendido en estos dieciséis años es a hacer las cosas con el corazón”.

Gumersindo Meiriño

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De la hoja de coca a la cocaína

De la hoja de coca a la cocaína

Quedamos de encontrarnos con Carlos en su negocio. Para llegar durante varios minutos subimos escaleras cuesta arriba siguiendo el cauce del río Aguas Calientes, en la falda de los montes del Machupicchu. Unos metros antes de llegar a una cascada y por encima de las termas de esta pequeña ciudad peruana que se ha convertido en un torbellino de turistas de todo el mundo se encuentra el local de Carlos.

Está limpio, ordenado y lleno de cuadros, olor a incienso y multitud de símbolos que tienen que ver con sus antepasados incas. Cada rincón  está cubierto por jarrones con distintos tipos de cactus. Nos dice: “Según sean los cactus es la protección”. Nos habla del “cactus San Pedro” de los que sacaban jugo los sacerdotes y  señalando a un cactus que está colocado por encima de nuestras cabezas comenta: “éste es contra la envidia”. Luego nos muestra distintos símbolos con los que se siente identificado: “las piedras tienen vida, te dan sus mensajes si estás abierto a ellas”. Poco a poco nos  explica los símbolos de su altar. “Estas estatuas son la representación de la Pachamama. A la parte femenina, le he ofrendado vino blanco, esta otra es la parte masculina y le he ofrendado vino tinto. Las caracolas son para pedir la lluvia. La Pachamama necesita del agua para ser fértil y pueda dar sus frutos …”.

Le pregunto por una frase escrita en un cuadro que está muy cerca de su altar inca. Es muy fuerte. “La venganza duerme en la hoja de la coca y se despierta en la sangre del invasor”. Carlos me responde: “Es una frase que se me ocurrió hace varios años y que tiene un significado muy especial. La coca no hace daño a nadie todo lo contrario, es buena y beneficiosa. Tomar un té de la hoja de coca es reconstituyente. Además era una hierba sagrada que los sacerdotes utilizaban para sus ritos religiosos. Pero el ser humano ha tomado esa hierba sagrada, buena y la ha manipulado convirtiéndola en una droga, la cocaína que hace mucho daño. El invasor sería el ser humano que la ha manipulado hasta transformándola en algo destructivo, esa es la venganza.

Mientras bajábamos hacia la ciudad escuchando el murmullo del río Aguas Calientes, pensaba en lo de la hoja de coca o la cocaína. Estamos ante uno de los dilemas que se le presenta al ser humano: por una parte respetar la naturaleza, unirse a ella, colaborar con ella en construir un mundo mejor, como hicieron los incas con la hoja de coca. O por el contrario, enfrentarse a la Naturaleza, manipulándola, luchando contra ella y así llegamos a la droga que tantos jóvenes de nuestra generación usan como salida a la desorientación y desesperanza, la cocaína.

Esta es la cuestión: hoja de coca o cocaína.

Gumersindo Meiriño

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