El que trasciende

El que trasciende

Algunos no encuentran paz ni sosiego cuando tienen que despedir de este mundo a personas queridas. Pero, por otra parte, dicen que son muy religiosas, frecuentan los sacramentos y ellas mismas comentan que tienen mucha fe. Señalan, una y otra vez, ¡tengo mucha fe!, pero luego no aceptan que los años de aquí abajo son limitados e incluso les nace cierto enojo hacia Dios, hacia la vida y también hacia el que ponga en duda su fe.

¿Se da alguna contradicción al afirmar, tengo mucha fe y, al mismo tiempo, padecer y sufrir horrores al despedir a alguien cercano que, por otra parte, ha cumplido el ciclo de la vida y tiene una edad avanzada? Cualquier religión enseña a sus adeptos lo que hay más allá de la muerte, cualquiera de ellas tiene unos ritos para acompañar a los difuntos hacia el más allá, e, incluso, desde que llegamos a este mundo, cada una, nos recuerda que hemos venido acá, pero no somos de acá, que estamos de paso. Algo que es cierto y evidente.

Lo que pasa es que en lo cotidiano ponemos mucho empeño en las cosas terrenales. Le dedicamos gran parte de nuestra existencia a conseguir auto, casa, salud, ropa, teléfono, televisión, comida, bebida, al bienestar físico …, que , casi sin darnos cuenta, construimos una casa sólida y firme en este mundo con fundamentos de arena, que en cualquier momento una enfermedad, un accidente … la destruye. Dedicamos el noventa y nueve por ciento de nuestra existencia a este tipo de asuntos y nos olvidamos de que no somos un cuerpo si no que estamos en un cuerpo y que nuestro destino está más allá de lo físico y lo material. De esta forma corremos el riesgo evidente de caminar mirando solo para la punta de nuestros zapatos olvidándonos de levantar la vista y mirar el horizonte. El horizonte es ese infinito al que caminamos y cuanto más nos acercamos parece que más se aleja.

La persona espiritual camina con la vista en alto mirando al frente, sin descuidar donde pisa, alimentando su cuerpo, cuidando lo material pero sin dejar de observar el horizonte al que camina. La persona religiosa, por el contrario, se entretiene en prácticas y en ritos pero se olvida de la meta, el encuentro con Dios. Mira el dedo pero no el bosque que señala ese dedo. Observa las rutas, las piedras del camino, las cuestas de la subida y no ve el cielo, lo trascendente, a Dios como Padre que le espera. Con los ojos puestos exclusivamente en lo material cuando la enfermedad o su hermana cercana la muerte llama a la puerta, la persona se hunde. En ese momento empiezan los interrogantes, ¿para qué nací, qué sentido tiene la vida, Dios es injusto…?

Cuanto te ahogues acude a tu parte espiritual. Ora, invoca, grita, busca en lo más profundo de tu corazón. Encontrarás la respuesta y flotarás por encima de la angustia y la soledad para encontrarte con el equilibrio y la paz, dones que alcanza la persona espiritual, que trasciende.

Gumersindo Meiriño

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Una respuesta

  1. Cuanta claridad y sencillez de palabras explican lo que tanto cuesta comprender al ser humano, ¿es acaso esta sensacíon de angustia y desesperación por la perdida de un ser querido, tan común en las personas, una negación al hecho de que nos espera el mismo destino?, ¿ la inmadurez de no reconocernos como seres espirutuales tendrá que ver con las primeras enseñanzas que nos imparten desde nuestra familia? o ¿es un resultado de nuestra humanidad misma?
    A veces me pregunto cuál es ese punto de infleXIón entre aquellos seres humanos espirituales y los que no logran encontrar el camino de la espiritualidad; en otras palabras cuáles son los factores que influyen en nuestras vidas que provoca el apego a lo mundano. El texto me gustó mucho, llenó mis ojos de entendimiento y mi corazón de comprensión del mismo, Gracias.

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