La página en blanco

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En este último año santo compostelano, dos mil diez, hemos decidido darnos una vuelta por Finisterre, al que siguen llegando cientos de peregrinos después de pasar por Santiago y al que los romanos consideraban el “finis” el fin , de la “terrae”, tierra.

El lugar tiene “angel”, como dirían los andaluces. Y las personas que merodean por allí, después de cientos de kilómetros en sus pies, también tienen “algo”. Así, entre otros, conocimos a un peregrino en el Finisterre, con cara de satisfacción, tostado por el sol, alegre y meditativo mirando el inmenso mar desde la roca que señala: “finis terrae”.

El mundo es cada vez es más pequeño. Resulta que nuestro amigo peregrino es de Argentina. Nos cuenta su experiencia, lo vivido en cientos de kilómetros desde la salida de Saint Jean Pie de Port en Francia, su estancia en la catedral de Santiago y su llegada a Finisterre. Le pregunté qué ritos había hecho al llegar al punto cero del Camino. Es conocido que los peregrinos que llegan a Finisterre suelen quemar la ropa vieja con la que han hecho el Camino y luego arrojar las cenizas al mar. Desde este momento empieza una nueva vida para el peregrino. Así lo recuerda un zapato de caminante en bronce y las ropas, y zapatos colgados que puede verse cerca del mar de Finisterre.

“Aquí quemé una página en blanco, nos cuenta Alejandro. Me inspiró esto la letra de la canción de un hispano que dice “nunca más, en mi vida, una página en blanco. Con ella he intentado quemar todos los momentos de dolor y sufrimiento de mi vida y empezar de nuevo, pero sin dejar nunca más, una hoja en blanco, pase lo que pase hay que seguir escribiendo”.

Me quedé pensado en la cara de Alejandro, tostada por el sol, en su caminar pensativo y feliz, por las orillas del mar Cantábrico, allí en el Finisterre. Vi los miles de peregrinos de la historia que llegaron a aquel punto. También a aquellos que quemaron todo y comenzaron de nuevo, valientes soldados de la existencia cotidiana que decidieron recomenzar de cero, dejando lo viejo enterrado para siempre entre las olas de la llamada “A Costa de Morte” por los gallegos. Para ellos el kilómetro cero de su nueva vida era aquí, frente al mar, después de horas de soledad, de mirar las estrellas, los pájaros, la lluvia, el calor, la música del viento… Y decidieron escribir en la página en blanco que empieza cada día. Y es que todos corremos el riesgo de paralizarnos, de quedarnos sentados con la mirada en nada ni en nadie después de algún choque con la vida.

El cobarde que deja páginas en blanco recuerda mucho a aquel del Evangelio, vago y holgazán que escondió su talento. El Señor le dijo: “A este vago e inútil echadle a las tinieblas, donde será el llanto y el rechinar”.

No dejan de resonar en mi mente las palabras del peregrino argentino. Por eso, partir de hoy, como Alejandro, sin mirar atrás, “nunca más una página en blanco”.

Gumersindo Meiriño

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