La tierra Sagrada del Dolor-Gumersindo Meiriño

La Tierra Sagrada del Dolor

Este artículo fue publicado en el diario La Region el 22 de junio del año 2000

El tema de la enfermedad y la muerte es siempre polémico. Una cosa es cierta, tarde o temprano nos encontramos con estas realidades que son hermanas que acompañan al hombre en el camino de cada día.

Hablar de dolor y enfermedad hoy en día es peligroso. Nadie quiere oír hablar de ello. Pero, las personas que nos consideramos sanas actualmente, no somos más que , en palabras de Vitorio Messori, “enfermos en libertad condicional”. Dicho de forma más prosaica, que todos somos personajes abonados al dolor, a la enfermedad. Esos serán protagonistas de nuestra vida tarde o temprano, a no ser que nos muramos de jóvenes de forma trágica.

Esta idea tan elemental cuesta mucho aceptarla en la práctia. Cuando uno va cumpliendo años y se siente enferm, cansado, calvo, encorvado, se pregunta, ¿dónde va mi juventud y mi fuerza? Sin embargo, no vendría mal recordar aquella fina ironía: “Si a partir de lso cincuenta años te levantas de la cama y no te duele algo…., malo”.

Se sobrevalora, en nuestro mundo, demasiado el aspecto físico, la jueventud, la fuerza, la belleza física… En pocas películas de Holliwod salen viejos demacrados y decrépitos o enfermos, no venden, son poco fotogénicos.

 

Aún recuerdo la visita a la Residencia de Grandes Inválidos de A Farixa en Ourense. Acababa de inagurarse y yo todavía era un jovencito seminarista. Me acompañaban personas de 18 a 20 años. Al salir el comentario era unánime: “Esto impresiona”. Y tanto, han pasado más de veinte años y todavía vivo aquel primer encuentro con el lado menos “guapo” de la vida.

El mundo de hoy contribuye a que tengamos una imagen tergiversada de la realidad. Los hospitales apartan al enfermo de su entorno. Los niños y los familiares apenas comparten el dolor del enfermo y su lucha titánica por seguir vivo. Los tanatorios apartan la muerte del contexto familiar. Todo ello tiene consecuencias positivas. Pero también negativas: vivimos en una burbuja artificial esos momentos que son trascendentales en la vida humana.

Aún más, se acepta como norma común el ocultar a los moribundos su próximo encuentro con la señora muerte, como si eso no fuera a pasar nunca. Y está por ver que esto sea lo mejor. La ignorancia en este tema, como en todos, es mala consejera. Dice Guuanfrancschi: “Durante miles de años hemos sido dueños de nuestra muerte y de nuestras circunstancias, mientras que hoy hemos dejado de serlo. Hubo un tiempo en el que el que estaba muriéndose tenía conocimiento de lo que le pasaba, bien porque comprendía las señales de la muerte o porque alguno de los le rodeaban tenía la obligación de advertírselo. Mayor que el miedo a la muerte era el miedo a verse privado de la propia muerte, a no poder tomar parte en ella conscientemente y con las debidas disposiciones de ánimo. En cambio ahora la regla es ocultar la verdad a quien sufre una enfermedad mortal. Dicen que es un modo de actuar inspirado en intenciones humanitarias. La verdad es que se trata de una norma inhumana, porque da lugar a las renuncias del espíritu. Morir sin saberlo es dos veces morir.”

No podemos olvidarlo: Dolor, enfermedad y muerte no son algo extraño a la persona humana. Intentar vivir como si estas realidades fueran totalmente ajenas nos lleva a vivir con menos intensidad la vida misma. El día del enfermo, que ha pasado totalmente desapercibido, es un día dedicado a todos los humanos porque los que estamos sanos, ahora mismo no somo sanos, sino “enfermos en libertad condicional”.

Y, para los creyentes, el dolor y el sufrimiento son el lugar que el Hijo de Dios utilizó como medios para salvar al hombre. Para un cristiano, el dolor y la enfermedad es la tierra sagrada en la que pisó de forma especial el hijo de Dios hecho hombre: Jesús de Nazareth.

Gumersindo Meiriño

La Región 22 de junio de 2000

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