En Asís: De Dos en Dos

Asís. Dos en dos

Asís es pequeña, coqueta y tranquila. Las calles son estrechas, tortuosas para los autos. Bien organizada, no hay mucha gente. Se camina bien. Hace calor. Se respira aire de ciudad pequeña, armoniosa. Es fácil imaginar al niño Francisco corriendo por aquellas calles.

 

Entramos en la ciudad dimos una vuelta y vimos una iglesia a lo lejos. Dejamos Asís momentáneamente y allá nos llevó el auto. La iglesia es grande. Entramos. Dentro una capilla pequeñita. Raro muy raro: absoluto silencio, no fotos, no charlas, no ambiente de turistas con prisas y ganas de sacar foto a todo lo que se mueva y silbe.

 

En la capillita nos instalamos. Oramos. Pasa mucha gente. Algunos observan. No hay nada para mirar en la capillita. Se intuye que preguntan, ¿qué será esto?. Me conmuevo pensando en aquel joven que nació hace más de ochocientos años. Escuchó una voz: “Repara mi iglesia”. Y durante más de tres años reparó aquella capillita.

Es idónea para orar. Silencio, paz. Nos avisan de que van a cerrar. Nos acercamos a la tumba de Francisco. Oramos ante los restos del profeta de la paz. A escasos metros se oyen los cánticos de los monjes. Levanto la vista. Cantan. Alguno alza la mirada molesto hacia los poquitos visitantes de la iglesia. Se respira paz, silencio.

 

De vuelta en Asís, caminamos, caminamos. Es mediodía. Otoño. El sol aprieta. Nos cruzamos con muchos hábitos marrones. Dos pasan corriendo. Ante el calor se ponen las capuchas de sus hábitos franciscanos. Caminamos más arriba, hasta encontrarnos con la capilla de Clara de Asís. Así dice el Evangelio: Y “les envió de dos en dos”. Aquí en Asís se respira ese ambiente de “dos en dos”: Francisco y Clara, Clara y Francisco.

En la iglesia de Clara, más silencio, más paz. Se ora lindo. Tampoco fotos. Más curiosos que en la iglesia de San Francisco. Nos colocamos delante del Cristo de San Damián. Este es el Cristo que le dijo a Francisco: “Reconstruye mi iglesia”. Delante de Cristo hay un reclinatorio de madera para orar. Los turistas tampoco resisten mucho tiempo delante del Crucificado. Los curiosos miran y siguen su camino. En el reclinatorio está una oración en distintos idiomas. Los santos saben orar. Es el texto de una oración que Francisco oraba. Sencilla, profunda, maravillosa. De rodillas oro despacio con las palabras de Francisco, ante el mismo crucifijo que él lo hizo. Lo hago en italiano porque pienso que él lo haría en ese idioma:

Cristo de San Damián- Asís

O alto e gloriso Dios,

Ilumine la tenebre del cuore mio

Danmi una fede retta, Speranza certa, Caritá perfecta

e umiltá profunda

Danmi Signore, senno e discernimento

Per compiere a tua volontá. Amén.

María está de rodillas a mi lado, recogida, orando…., emocionada. Está en su salsa, entre místicos. Entre dos: Clara y Francisco. Porque las cosas son como son y según el Evangelio, el envío es de “dos en dos”. Y la sopa con cuchara.

Gumersindo Meiriño

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Gracias por su visita

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